Apuntes sobre textos, vivencias, inquietudes e indignaciones
lunes, 12 de noviembre de 2012
La Gran Regresión
lunes, 15 de octubre de 2012
Españolizar a los catalanes o la historia como adoctrinamiento
Así ocurría a fines del siglo xix, cuando el movimiento obrero no cesaba de crecer. Los intelectuales y publicistas conservadores explicaban por entonces el auge del socialismo como un fenómeno propiciado, en última instancia, por la ingenuidad y el descreimiento de la plebe, hábilmente manipulada por unos cuantos líderes irresponsables de magnética oratoria.
Décadas después se hizo patente en España que buena parte de la sociedad persistía en sus deseos de mayor justicia social en la economía, menos catolicismo en las instituciones y escuelas y más igualdad entre hombres y mujeres.
La obstinación de esos anhelos continuaba siendo, para los prohombres de la derecha, una desviación cultural. Eso pensaba José María Pemán, para quien los ideales plasmados en la Constitución de la II República se debían a la influencia de «los hijos espirituales de catedráticos y profesores que, a través de instituciones como la llamada ‘Libre de Enseñanza’, forjaron generaciones incrédulas y anárquicas».
Con esta advertencia, recogida en una circular de diciembre de 1936, se dirigía Pemán, entonces presidente de la Comisión (golpista) de Cultura y Enseñanza, a las instancias depuradoras para que expulsasen sin contemplaciones a los docentes de izquierdas. Se trataba de extirpar de la escuela todo atisbo de racionalismo progresista, para refundarla con arreglo a los valores del nacionalcatolicismo.
A ello acudió una orden de marzo de 1938, recordando que «una escuela donde no se aprende a amar a España no tiene razón de existir». Según el legislador franquista, para inculcar ese amor a la nación –una, grande y libre– había que recurrir a «la enseñanza de la Historia», inmejorable «medio de cultivar el patriotismo».
«Así fue en el pasado, así es en el presente», concluía, lapidaria, la disposición citada. ¿Y así debe seguir siendo en la actualidad?, cabe preguntarse ahora, después de haber oído al ministro Wert.
De sus palabras se deduce una convicción: los catalanes no se sienten «orgullosos de ser españoles» por culpa de la historia (catalanizada) que aprenden en las escuelas. Si este es el problema, la solución no puede ser otra que imponer en Cataluña la enseñanza de una historia (españolizada) que sirva para fomentar el patriotismo.
En el planteamiento ministerial, el fenómeno del independentismo se reduce así a una cuestión de valores y cultura. Sin embargo, desde una óptica igualmente cultural, el ciudadano debe formularse un interrogante básico: ¿qué función debe cumplir en una democracia la historia transmitida en las aulas? ¿Debe ser vehículo de adoctrinamiento nacionalista apoyado en mitologías sentimentales? ¿O más bien fuente de ilustración crítica basada en el rigor científico?
Puede intuirse cuál es la historia de España que el ministro conservador tiene en mente para nacionalizar a los alumnos catalanes. Quizá se trate de la rancia versión nacionalcatólica que él mismo aprendiera en sus años de estudiante, aquella de la conversión de Recaredo, la Reconquista, la unidad nacional recobrada por los Reyes Católicos y el «Descubrimiento» de América.
Un relato elaborado con este patrón españolista no solo devolvería la enseñanza de la historia a la época franquista, e incluso a la decimonónica. También la situaría cuatro décadas por detrás de la producción historiográfica nacional e internacional, algo que solo serviría para hacerla objeto de sospecha y rechazo, pues no dejaría de sorprender a muchos estudiantes las divergencias que separarían la versión escolar y la de los profesionales independientes de la historia.
¿Y qué sostiene esta última versión? Básicamente, que la historia de España se halla atravesada por un pluralismo jurídico y político irreductible.
Francisco Tomás y Valiente, en una obra sobre la España del siglo xvii, trajo a colación una reveladora anécdota al respecto. Fallecido en 1479 Juan II, rey de Aragón, su hijo Fernando le sucedió en el trono. Según narra el cronista de los Reyes Católicos, algunos consejeros reales recomendaron entonces a Isabel y Fernando titularse como «reyes e señores de España». Conscientes de la diversidad de reinos sobre los que gobernaban, ambos prefirieron presentarse como «rey e reyna de Castilla, de León, de Aragón, de Seçilia, de Toledo, de Valençia, de Galizia, de Mallorca, de Seuilla», y así hasta completar todo el mosaico de «reinos, condados y señoríos» que formaba la monarquía española poco antes de tomar Granada.
Tan abigarrada titulación se mantuvo intacta en lo fundamental durante los dos siglos posteriores. No debe extrañar el dato. Como bien ha descrito John H. Elliot, la geografía política de la Europa moderna se basaba en el modelo de las «Monarquías compuestas», entidades conformadas por múltiples cuerpos políticos, con sus particularidades institucionales, jurídicas y culturales.
Ni siquiera tras la Guerra de Sucesión, y el acceso al trono de Felipe V, feneció este pluralismo. La abierta pretensión del nuevo monarca de reducir sus reinos «à la uniformidad de las Leyes de Castilla» chocó con la constitución pluralista de España. Si bien a través de los llamados Decretos de Nueva Planta (1707-1716) se reforzó el poder real, no dejaron de reconocerse fueros, costumbres y privilegios a los reinos. Y aunque se eliminaron instituciones regnícolas relevantes, no se logró fundar un orden uniforme. El peso de las tradiciones particulares lo impidió, permitiendo solo crear un entramado institucional híbrido, heterogéneo e igualmente pluralista.
Resulta esclarecedor en este sentido que, ya reinando la dinastía de los Borbones, los primeros diccionarios de la Academia de la Lengua (1734, 1780) recojan el término «nación» con el significado de «lugar de nacimiento» o «colección de los habitadóres en alguna Provincia, Pais ò Reino». Y es que hasta la revolución constitucional de principios del siglo xix no contemplaremos un uso del concepto «Nación española» más próximo a su entendimiento actual.
Será, no obstante, un espejismo. Justo en las vísperas de la Constitución de Cádiz, cuando se emprendió la reforma de la antigua Monarquía, aparece todavía una noción compuesta de la misma, inseparable de los cuerpos políticos que la formaban. E incluso en la propia regulación constitucional, lo tratado como «Nación española» era realidad bien distinta a lo que hoy podría entenderse como tal, pues incluía a «los españoles de ambos hemisferios» y excluía expresamente a los esclavos.
Habrá que esperar a la década de los 1830 y 1840 para que se elabore, difunda y comience a generalizarse la concepción esencialista, uniforme y patriotera de España a la que Wert, probablemente, hace referencia. Historiadores, intelectuales, academias e instituciones públicas contribuyeron entonces a forjar esa imagen monocolor, cuyo (estéril) propósito fue dotar de una base social homogénea a un Estado frágil.
De nacionalizar a los españoles, que se sentían más súbditos de un monarca, miembros de una confesión y vecinos de un municipio que nacionales de un Estado, el relato nacionalcatólico pasó a desempeñar funciones excluyentes de consecuencias deplorables. Desde la Restauración sirvió para estigmatizar como enemigos a quienes, por republicanos, ateos, separatistas o izquierdistas, negaban el carácter intangible de los presuntos atributos nacionales (monarquía, unidad, catolicismo). El golpe de 1936 y la represión que desencadenó quisieron ser, de hecho, una suerte de «solución final» que terminase de proscribir a todos estos miembros de «la anti-España», entre los que destacaban, junto a los comunistas, los catalanistas.
Vistos los terribles antecedentes del canon nacionalcatólico, muy especialmente sufridos por quienes militaron en el independentismo, debemos preguntarnos: ¿sobre qué desfasado, anticientífico y excluyente relato histórico pretende el gobierno fundar el «orgullo de ser españoles»? Debe advertirse a este respecto que, en una democracia constitucional, acaso no quepa otro orgullo nacional que el de ser ciudadanos con sus derechos y libertades escrupulosamente reconocidos y respetados. Y en cuanto a la enseñanza de la historia, mejor arrebatársela a los nacionalismos de todo tipo, en cuyas manos se degrada hasta convertirse en manipulación del pasado para adoctrinamiento y subyugación presentes.
jueves, 31 de mayo de 2012
El tamaño del agujero
En resumen, si el rescate viene acompañado de condiciones y exigencias que profundicen la recesión económica, el agujero que se pretendía tapar no hará sino crecer, porque aumentará la cantidad de morosos y se devaluará todavía más la cartera de inmuebles que posee la banca.
jueves, 10 de mayo de 2012
Las dos (o más) izquierdas entre la historia alemana y la Grecia actual
Si el lector ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí se habrá quedado asombrado por los paralelismos: desempleo, crisis del crédito, rescate de bancos y corporaciones con dinero público y auge del nacionalismo exacerbado. Sin embargo, las diferencias son abundantes.
Como me recordaba Paco Robles por tuiter, el comunismo al que se oponía el SPD no era otro que el de Stalin. En parte, efectivamente, era así, aunque ni toda la izquierda fuera del SPD era pro-soviética, ni Stalin, en 1932-33, tenía ya como prioridad absoluta europea desencadenar una revolución social, sino más bien frenar el auge del fascismo, por mucho que en la URSS estuviese ya entregado a sus purgas genocidas. Además, lo que diferenciaba por entonces a socialistas y comunistas no era tanto el fin, la abolición de la sociedad de clases, como el medio, revolucionario en un caso y reformista en otro.
De cualquier manera, hoy por ningún lado se aprecia esa inminencia de revolución igualitaria que espoleaba a los nacionalsocialistas. La base -y buena parte de la causa- del conflicto de entonces era además una sociedad que arrastraba todavía claras inercias feudales, mientras que la de hoy es una sociedad económicamente cada vez más desigual, cierto, pero jurídica y políticamente mucho más homogénea. Por eso, trazar paralelismos entre aquel escenario y éste no deja de ser un ejercicio de simplismo historiográfico.
No obstante, estaríamos ciegos si no apreciásemos ciertas semejanzas entre la actitud de socialistas y comunistas de aquellos tiempos y socialdemócratas e izquierdistas críticos de ahora. A no ser que reparen su error concurriendo a la segunda convocatoria coaligados, no han estado a la altura de los acontecimientos al colocar sus desacuerdos subsanables por encima de la formación de un gobierno sólido de signo rotundamente progresista. Si Aurora Dorada capitaliza esta discordia, y los conservadores, como en la Alemania del 1932-33, concluyen por darle oxígeno, podríamos repetir lo peor de nuestra historia, y buena parte de la responsabilidad se deberá al anticomunismo de los socialdemócratas y a la intransigencia y dogmatismo proverbiales de muchos comunistas.
Coda. Y si al final la cosa queda en Grecia como parece, con coalición centrista entre Nueva Democracia, PSOK e Izquierda Democrática, también la discordia entre las izquierdas, entre los comunistas de tradición soviética y los europeístas y democráticos, habrá impedido un giro sustancial en la política económica griega, pues de haber concurrido juntos a las elecciones, con su más del 20% de votos, habrían sido, con el bonus de 50 diputados al partido más votado, la formación ganadora.
miércoles, 25 de abril de 2012
La antropología dual de los liberales
lunes, 23 de abril de 2012
Sobre las elecciones francesas
martes, 30 de agosto de 2011
A vueltas con la reforma constitucional
viernes, 5 de agosto de 2011
Estado inerme / Estado fuerte
sábado, 21 de mayo de 2011
Decálogo para una regeneración económica
jueves, 19 de mayo de 2011
Decálogo para una regeneración política
miércoles, 18 de mayo de 2011
Juventud y derecho constitucional
Queridos amigos, me animo a escribiros un par de reflexiones por si pueden contribuir en algo a vuestras (nuestras) movilizaciones.
Es irónico ver a muchos políticos veteranos alarmados ante las concentraciones juveniles de los últimos días. Debe recordarse por eso que la gran mayoría de ellos procede de una generación, nacida en la década de los cuarenta o los primeros cincuenta, que se echó a la calle con apenas veinte años para combatir una dictadura y una crisis económica fulminante. Con sus huelgas prolongadas, sus movilizaciones y su compromiso contribuyeron a acabar con un sistema injusto y opresor. Y como sus aspiraciones y reclamaciones eran legítimas, muy pronto comenzaron a formar parte de los centros decisorios para tomar ellos mismos parte de las riendas del país. En las primeras Cortes democráticas, por ejemplo, ya se sentaba como diputado Rubalcaba, quien quizá se presente a presidente en unos pocos meses.
No encuentro motivo alguno para impedir que esto vuelva a ser así. Ninguna dictadura, ningún régimen marchito y corrupto, se desplomó hasta que la parte más crítica y activa de la juventud no salió a la calle para quejarse y reivindicar. La juventud es un valor que os legitima y que además pone en evidencia la necesidad urgente de un brusco relevo generacional. A mi humilde juicio, no solo debéis criticar a quien gobierne del modo que se viene haciendo, es que tendríais vosotros mismos que gobernar.
Pero es que además os asiste y legitima también el propio derecho constitucional. Según nuestra Constitución, el Estado español es 'un Estado social y democrático de derecho', no un Estado liberal de mercado, y los principios supremos en los que se fundamenta han de ser 'la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político' (art. 1.1). Es evidente que el actual Estado desatiende las implicaciones más elementales de la 'igualdad' y la 'justicia', y con su oligarquía bipartidista y mediática, atenta claramente contra 'el pluralismo político'.
Pero hay mucho más. La Constitución impone (art. 7) que 'la estructura interna y funcionamiento' de los partidos sean 'democráticos', y eso, con las listas cerradas y las designaciones a dedo, se incumple clamorosamente. Los poderes públicos (art. 9.2) deben obligatoriamente 'promover las condiciones' necesarias para el goce efectivo de la libertad y la igualdad, y deben asismismo 'remover los obstáculos' que impiden 'la participación de todos los ciudadanos en la vida política y económica', algo incumplido con el actual régimen electoral y con las últimas reformas laborales.
La Constitución garantiza además el derecho 'a recibir información veraz' de los medios (20.1.d), derecho constantemente conculcado por buena parte de la prensa y los informativos actuales. Fundamental es, por otra parte, 'el derecho a la educación' universal, algo que choca con el encarecimiento constante de las tasas.
La Constitución ordena el establecimiento de un 'sistema tributario inspirado en la igualdad y la progresividad' (31.1). Las últimas rebajas de impuestos a las rentas altas y la consiguiente subida del IVA (impuesto anti-progresivo) vulnera evidentemente este mandato. La propiedad privada no es sacrosanta en nuestro ordenamiento constitucional, que permite la expropiación con indeminización por motivos 'de interés social' (33.3). ¿No es acaso del mayor 'interés social' el que se facilite el derecho a la vivienda expropiando inmuebles infrautilizados por sus propietarios o por las promotoras y los bancos? La Constitución, por otra parte, obliga a la ley a 'garantizar la fuerza vinculante de los convenios colectivos' (37.1). ¿Por qué, entonces, la última reforma laboral autoriza a que el trabajador individual revise a la baja, en acuerdo con su empleador, los términos del convenio colectivo de su sector?
Y, en fin, la Constitución (92.1) permite las consultas al cuerpo electoral a través de 'referéndum' cuando se trata de adoptar 'decisiones políticas de gran trascendencia', como lo es la de poner a disposición de la banca miles de millones de euros, y autoriza además la 'intervención de empresas' cuando así convenga al 'interés general' y cuando éstas solo puedan desarrollarse en régimen de monopolio (128), como ocurre, por ejemplo, con las eléctricas y energéticas actuales.
Por eso, queridos amigos, vuestras concentraciones y marchas son tan oportundas, saludables y necesarias. El régimen actual, oligárquico, clausurado sobre sí mismo, mendaz y corrupto, necesita de vuestra energía y participación para refundarse. Y para ello os asiste y legitima nuestra propia Constitución.
Tenéis todo mi apoyo y entusiasmo,
Sebas