Últimamente, en mi rol de bloguero, me he dedicado más a debatir en bitácoras ajenas que a rellenar la propia. Como el resultado creo que puede resultar de interés, transcribo a continuación el primero de los diálogos mantenidos en la red. En esta ocasión se trata de un apunte escrito por NSS sobre el 'milagro económico de Irlanda', sucedido a su juicio en buena parte por la práctica supresión del Impuesto de Sociedades por aquellos lares. Al post le puntualizaba Alex que Irlanda, después del boom, es la economía europea que, junto a la española, más va a tardar en salir del hoyo. Visto que el citado apunte prevenía que no 'iba a gustar a quienes sientan tendencias anti-mercado', creí buena idea replicar con alguna indicación. Ahí van, con sus correspondientes respuestas, y con algún retoque editorial:
DT
Siento confesar que yo soy uno de esos que se torna suspicaz en cuanto lee o escucha algo acerca de las bondades del libre mercado.
La cuestión es que las mismas mediciones que el mercado emplea para representarse a sí mismo son tramposas. Qué es menos malo, una sociedad con un 4% de paro y un 80% de empleo precario u otra con un 10% de paro (subsidiado) y un 70% de empleo estable y bien remunerado. si nos guiamos en exclusiva por los datos del empleo (como si fuese un valor absoluto) la primera, cuando acaso haya razones sensatas para decir que la segunda, no?
Otra cuestión: ¿pagan realmente las sociedades lo que marca el gravamen? Por mi experiencia personal, que como profesor en derecho incluye la proximidad de colegas con asesorías fiscales, la respuesta es rotundamente negativa: el 30-35% asciende a un 10-15% real.
La cuestión es que las mismas mediciones que el mercado emplea para representarse a sí mismo son tramposas. Qué es menos malo, una sociedad con un 4% de paro y un 80% de empleo precario u otra con un 10% de paro (subsidiado) y un 70% de empleo estable y bien remunerado. si nos guiamos en exclusiva por los datos del empleo (como si fuese un valor absoluto) la primera, cuando acaso haya razones sensatas para decir que la segunda, no?
Otra cuestión: ¿pagan realmente las sociedades lo que marca el gravamen? Por mi experiencia personal, que como profesor en derecho incluye la proximidad de colegas con asesorías fiscales, la respuesta es rotundamente negativa: el 30-35% asciende a un 10-15% real.
NSS
Muchas gracias por tan enjundioso comentario, Dick. Nada más halagador que lo lean a uno gentes inteligentes. Creo no traicionarlo si cuento que he pedido opinión al respecto al Profesor Carlos Rodríguez Braun. Permíteme, Dick, que hable por su boca. La respuesta debería sonar, más o menos, así:
El liberalismo defiende el Estado mínimo, no el Estado inexistente (eso lo dejamos para los anarco-liberales, tan ilusos como los intervencionistas). Por tanto, creer en el mercado significa, eo ipso, creer en un escuadrón de inspectores que hagan cumplir la ley. Si las reglas de juego no se cumplen, no achaquemos al mercado luego errores de los que no es culpable.
Hasta aquí hablo por boca ajena. Por boca propia, ahora. Irlanda, desde luego, no generó empleo precario. La desigualdad en el reparto de riqueza se mantuvo en un límite muy aceptable. Ahora bien, también es cierto que si ellos hicieron de su capa un sayo con el impuesto de sociedades, jugaron sucio. Los demás hacían cumplir la ley (o, como indicas, la ficción de que así se hacía) y ellos no.
Y alégrese usted de tener colegas con asesorías fiscales, supongo que su IRPF lo agradecerá cada año.
DT
Muchas gracias por la respuesta. Conozco bien la (ambivalente) tradición liberal (a ella dediqué mi tesis doctoral), y, en efecto, es incurrir en mitología pensar que ésta es anti-estatalista. De hecho, el Estado, tal como hoy lo conocemos, es decir, como monopolista del derecho y la violencia legítima, es creación del liberalismo. Antes de 1789 el derecho era tan consuetudinario y doctrinal como monárquico-estatal. Después de dicha fecha, dejó de serlo. Y fue precisamente la ley, ese mandato imperativo del Estado, el que, valga la paradoja, creó el mercado libre y la propiedad privada individual, reformando, cuando no subvirtiéndo, drásticamente el mundo preliberal de privilegios, corporaciones, estamentos y propiedades colectivas. Así que fíjese si soy consciente de que Estado y liberalismo capitalista van indisociablemente de la mano.
La cuestión no es que por un lado estén unas instituciones que no cumplan su trabajo y no apliquen u obliguen coactivamente a cumplir las leyes, mientras que por otro discurra un mercado inocente. No me refiero ya a la imposibilidad de aplicar ciertas leyes, fiscales sobre todo, por el chantaje explícito de 'si se hiciesen cumplir esto se derrumbaría' o por el uso bien conocido y consentido de las evasiones. Me refiero más bien a que el asunto es de índole cultural: si esta lógica mercantil absolutiza el beneficio privado, eso al final empapa los comportamientos y se refleja en todos los planos de la sociedad, incluido el de la política y las administraciones públicas, cuyos responsables se corrompen para tener Miros en la bañera.
El interrogante sería entonces: ¿esa exacerbación envolvente del beneficio privado es necesariamente seña de identidad del liberalismo capitalista? Puede que así sea, pero en mi opinión se trata de una traición del capitalismo a sí mismo, o de una adulteración de éste, en la medida en que se aleja de las condiciones que lo hacen sostenible y que ya puso de relieve Weber: ascetismo, profesión como realización personal, empresa familiar, entrega, previsión a medio y largo plazo y, por consiguiente, responsabilidad. ¿Son esos los patrones que siguen muchas de nuestras empresas? Yo creo que no. Al menos, eso es lo que me dicen esos colegas asesores: que empresarios que ahora están o en quiebra o con regulaciones de empleo adquirían coches hace dos años por más de 120.000€. ¡Todo un ejemplo de previsión!
La cultura del pelotazo, justo aquella que empezaron a impulsar entre nosotros los socialistas, la cultura opuesta a la del mérito y el sacrificio, lejos de ser la esencia del capitalismo, puede que haya sido y sea su peor padecimiento.
PS: Y, ya sabe, para los que tenemos nómina, o cobramos por conferencias y textos, no hay lugar al trapicheo fiscal. Aunque tampoco hay intención de ello.
La cuestión no es que por un lado estén unas instituciones que no cumplan su trabajo y no apliquen u obliguen coactivamente a cumplir las leyes, mientras que por otro discurra un mercado inocente. No me refiero ya a la imposibilidad de aplicar ciertas leyes, fiscales sobre todo, por el chantaje explícito de 'si se hiciesen cumplir esto se derrumbaría' o por el uso bien conocido y consentido de las evasiones. Me refiero más bien a que el asunto es de índole cultural: si esta lógica mercantil absolutiza el beneficio privado, eso al final empapa los comportamientos y se refleja en todos los planos de la sociedad, incluido el de la política y las administraciones públicas, cuyos responsables se corrompen para tener Miros en la bañera.
El interrogante sería entonces: ¿esa exacerbación envolvente del beneficio privado es necesariamente seña de identidad del liberalismo capitalista? Puede que así sea, pero en mi opinión se trata de una traición del capitalismo a sí mismo, o de una adulteración de éste, en la medida en que se aleja de las condiciones que lo hacen sostenible y que ya puso de relieve Weber: ascetismo, profesión como realización personal, empresa familiar, entrega, previsión a medio y largo plazo y, por consiguiente, responsabilidad. ¿Son esos los patrones que siguen muchas de nuestras empresas? Yo creo que no. Al menos, eso es lo que me dicen esos colegas asesores: que empresarios que ahora están o en quiebra o con regulaciones de empleo adquirían coches hace dos años por más de 120.000€. ¡Todo un ejemplo de previsión!
La cultura del pelotazo, justo aquella que empezaron a impulsar entre nosotros los socialistas, la cultura opuesta a la del mérito y el sacrificio, lejos de ser la esencia del capitalismo, puede que haya sido y sea su peor padecimiento.
PS: Y, ya sabe, para los que tenemos nómina, o cobramos por conferencias y textos, no hay lugar al trapicheo fiscal. Aunque tampoco hay intención de ello.
NSS
1. Efectivamente, es el liberalismo quien derroca el viejo orden feudal. El propio Marx reconoce que la burguesía tuvo el mérito de acabar con dicho sistema de estamentos y privilegios.
2. Ciertamente, mientras el liberalismo no dé el paso al anarco-liberalismo, no negará la intervención del Estado y su actitud, por tanto, será bivalente (si se quiere llamar así). Es más, defenderá que el Estado genere una gran cantidad de legislación, especialmente laboral (para evitar contratos que ahora llamaríamos basura y semejantes) y fiscal, porque el ejército, la acuñación de moneda y otras cuestiones sí permanecen como bienes provistos por el Estado.
3. No creo que el que algunas empresas cierren por imprevisión de sus responsables sea un fracaso del sistema. Al contrario, el fracaso sería subvencionarlas para mantenerlas en un estado de vida artificial (como sucedió en Suecia). Quizás un buen lema para el liberalismo sería: "Por el derecho a fracasar".
4. Si alguien se compra un coche de 120.000 euros, hay alguien, seguramente varias personas, que ha ganado mucho dinero con esa transacción. Detrás de ese coche hay puestos de trabajo. Quizás en otro país, pero debe de haberlos. Quien lo compró puede haberse arruinado, pero ha creado riqueza para otros. Otros que, a su vez, quizá generen empleo, donde podrán trabajar quienes pierdan el suyo en la empresa del poco previsor. Mano invisible, mano invisible.
5. Sí, es penoso que la hacienda pública la sostengan quienes cobran por nómina y otros ingresos trasparentes mientras se hace la vista gorda ante estafas de todos conocidas.
6. El libre mercado es sustancialmente injusto, a mi modo de ver, por el hecho de que no todos nacemos con las mismas oportunidades. No nos ganamos nuestra posición en la parrilla de salida en base a criterio alguno. Es puro azar. Sin embargo, la inversa, la abolición de la herencia y de su hermana siamesa la propiedad privada, ya se ha experimentado. Con funesto resultado.
7. Gracias de nuevo por tan suculentas reflexiones, Dick.