martes, 13 de octubre de 2009

Debate con Non Sola Scripta sobre el mercado

Últimamente, en mi rol de bloguero, me he dedicado más a debatir en bitácoras ajenas que a rellenar la propia. Como el resultado creo que puede resultar de interés, transcribo a continuación el primero de los diálogos mantenidos en la red. En esta ocasión se trata de un apunte escrito por NSS sobre el 'milagro económico de Irlanda', sucedido a su juicio en buena parte por la práctica supresión del Impuesto de Sociedades por aquellos lares. Al post le puntualizaba Alex que Irlanda, después del boom, es la economía europea que, junto a la española, más va a tardar en salir del hoyo. Visto que el citado apunte prevenía que no 'iba a gustar a quienes sientan tendencias anti-mercado', creí buena idea replicar con alguna indicación. Ahí van, con sus correspondientes respuestas, y con algún retoque editorial:

DT

Siento confesar que yo soy uno de esos que se torna suspicaz en cuanto lee o escucha algo acerca de las bondades del libre mercado.

La cuestión es que las mismas mediciones que el mercado emplea para representarse a sí mismo son tramposas. Qué es menos malo, una sociedad con un 4% de paro y un 80% de empleo precario u otra con un 10% de paro (subsidiado) y un 70% de empleo estable y bien remunerado. si nos guiamos en exclusiva por los datos del empleo (como si fuese un valor absoluto) la primera, cuando acaso haya razones sensatas para decir que la segunda, no?

Otra cuestión: ¿pagan realmente las sociedades lo que marca el gravamen? Por mi experiencia personal, que como profesor en derecho incluye la proximidad de colegas con asesorías fiscales, la respuesta es rotundamente negativa: el 30-35% asciende a un 10-15% real.


NSS

Muchas gracias por tan enjundioso comentario, Dick. Nada más halagador que lo lean a uno gentes inteligentes. Creo no traicionarlo si cuento que he pedido opinión al respecto al Profesor Carlos Rodríguez Braun. Permíteme, Dick, que hable por su boca. La respuesta debería sonar, más o menos, así:

El liberalismo defiende el Estado mínimo, no el Estado inexistente (eso lo dejamos para los anarco-liberales, tan ilusos como los intervencionistas). Por tanto, creer en el mercado significa, eo ipso, creer en un escuadrón de inspectores que hagan cumplir la ley. Si las reglas de juego no se cumplen, no achaquemos al mercado luego errores de los que no es culpable.

Hasta aquí hablo por boca ajena. Por boca propia, ahora. Irlanda, desde luego, no generó empleo precario. La desigualdad en el reparto de riqueza se mantuvo en un límite muy aceptable. Ahora bien, también es cierto que si ellos hicieron de su capa un sayo con el impuesto de sociedades, jugaron sucio. Los demás hacían cumplir la ley (o, como indicas, la ficción de que así se hacía) y ellos no.

Y alégrese usted de tener colegas con asesorías fiscales, supongo que su IRPF lo agradecerá cada año.


DT

Muchas gracias por la respuesta. Conozco bien la (ambivalente) tradición liberal (a ella dediqué mi tesis doctoral), y, en efecto, es incurrir en mitología pensar que ésta es anti-estatalista. De hecho, el Estado, tal como hoy lo conocemos, es decir, como monopolista del derecho y la violencia legítima, es creación del liberalismo. Antes de 1789 el derecho era tan consuetudinario y doctrinal como monárquico-estatal. Después de dicha fecha, dejó de serlo. Y fue precisamente la ley, ese mandato imperativo del Estado, el que, valga la paradoja, creó el mercado libre y la propiedad privada individual, reformando, cuando no subvirtiéndo, drásticamente el mundo preliberal de privilegios, corporaciones, estamentos y propiedades colectivas. Así que fíjese si soy consciente de que Estado y liberalismo capitalista van indisociablemente de la mano.

La cuestión no es que por un lado estén unas instituciones que no cumplan su trabajo y no apliquen u obliguen coactivamente a cumplir las leyes, mientras que por otro discurra un mercado inocente. No me refiero ya a la imposibilidad de aplicar ciertas leyes, fiscales sobre todo, por el chantaje explícito de 'si se hiciesen cumplir esto se derrumbaría' o por el uso bien conocido y consentido de las evasiones. Me refiero más bien a que el asunto es de índole cultural: si esta lógica mercantil absolutiza el beneficio privado, eso al final empapa los comportamientos y se refleja en todos los planos de la sociedad, incluido el de la política y las administraciones públicas, cuyos responsables se corrompen para tener Miros en la bañera.

El interrogante sería entonces: ¿esa exacerbación envolvente del beneficio privado es necesariamente seña de identidad del liberalismo capitalista? Puede que así sea, pero en mi opinión se trata de una traición del capitalismo a sí mismo, o de una adulteración de éste, en la medida en que se aleja de las condiciones que lo hacen sostenible y que ya puso de relieve Weber: ascetismo, profesión como realización personal, empresa familiar, entrega, previsión a medio y largo plazo y, por consiguiente, responsabilidad. ¿Son esos los patrones que siguen muchas de nuestras empresas? Yo creo que no. Al menos, eso es lo que me dicen esos colegas asesores: que empresarios que ahora están o en quiebra o con regulaciones de empleo adquirían coches hace dos años por más de 120.000€. ¡Todo un ejemplo de previsión!

La cultura del pelotazo, justo aquella que empezaron a impulsar entre nosotros los socialistas, la cultura opuesta a la del mérito y el sacrificio, lejos de ser la esencia del capitalismo, puede que haya sido y sea su peor padecimiento.

PS: Y, ya sabe, para los que tenemos nómina, o cobramos por conferencias y textos, no hay lugar al trapicheo fiscal. Aunque tampoco hay intención de ello.


NSS

1. Efectivamente, es el liberalismo quien derroca el viejo orden feudal. El propio Marx reconoce que la burguesía tuvo el mérito de acabar con dicho sistema de estamentos y privilegios.

2. Ciertamente, mientras el liberalismo no dé el paso al anarco-liberalismo, no negará la intervención del Estado y su actitud, por tanto, será bivalente (si se quiere llamar así). Es más, defenderá que el Estado genere una gran cantidad de legislación, especialmente laboral (para evitar contratos que ahora llamaríamos basura y semejantes) y fiscal, porque el ejército, la acuñación de moneda y otras cuestiones sí permanecen como bienes provistos por el Estado.

3. No creo que el que algunas empresas cierren por imprevisión de sus responsables sea un fracaso del sistema. Al contrario, el fracaso sería subvencionarlas para mantenerlas en un estado de vida artificial (como sucedió en Suecia). Quizás un buen lema para el liberalismo sería: "Por el derecho a fracasar".

4. Si alguien se compra un coche de 120.000 euros, hay alguien, seguramente varias personas, que ha ganado mucho dinero con esa transacción. Detrás de ese coche hay puestos de trabajo. Quizás en otro país, pero debe de haberlos. Quien lo compró puede haberse arruinado, pero ha creado riqueza para otros. Otros que, a su vez, quizá generen empleo, donde podrán trabajar quienes pierdan el suyo en la empresa del poco previsor. Mano invisible, mano invisible.

5. Sí, es penoso que la hacienda pública la sostengan quienes cobran por nómina y otros ingresos trasparentes mientras se hace la vista gorda ante estafas de todos conocidas.

6. El libre mercado es sustancialmente injusto, a mi modo de ver, por el hecho de que no todos nacemos con las mismas oportunidades. No nos ganamos nuestra posición en la parrilla de salida en base a criterio alguno. Es puro azar. Sin embargo, la inversa, la abolición de la herencia y de su hermana siamesa la propiedad privada, ya se ha experimentado. Con funesto resultado.

7. Gracias de nuevo por tan suculentas reflexiones, Dick.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Gasto social

Es de veras cabreante la inopia política en la que nos encontramos. ¡No va a ser natural escapar de la prensa y la televisión, refugiándose en, por ejemplo, las series de HBO, cuando desde todas las noticias y reportajes parecen estar tomándonos el pelo*! Por lo descarados que son, dudo de veras que esa simplificación aberrante con la que se dirigen a nosotros no encierre un meditado propósito, pongamos por caso la mayor privatización de la existencia y el más hondo desmantelamiento de la esfera pública, única desde la que puede fiscalizarse al poder. Sin embargo, tampoco creo que este tono tan insultante obedezca solo a estrategias oscuras, pudiendo perfectamente responder al estado de permanente y generalizada indocumentación que nos envuelve.

Si ayer os comentaba lo tergiversados que resultaban los conceptos de riqueza y de rentas medias en boca de nuestros políticos, hoy os doy la vara con lo de la cantinela del gasto social, auténtico asidero al que se ha agarrado el gobierno para justificar sus infumables presupuestos. A veces el torpedeo, que en ocasiones como ésta (y como aquella otra en que se negaban a pronunciar la palabra crisis) nace de la propia voluntad presidencial, no da tregua a la reflexión y hasta los medios que presumen de ser críticos repiten sin parar lo que el gobierno ha convertido deliberadamente en consigna vacua. No obstante, basta con reflexionar un poco para percatarse de cuánta mentira hay en eso del gasto social y de cómo el PSOE, de manera totalmente irresponsable, nos vende un Estado asistencial con la retórica del Estado social.

Para la Salgado y sus acólitos este presupuesto se caracteriza por el gasto social porque garantiza el desempleo y las pensiones. Punto y final. Aun sin continuar más allá de esta premisa, cabría con toda razón objetar si esos 420€ de subsidio son tan útiles e indispensables como los pintan. Creo, desde luego, que todo el mundo convendrá en que son una miseria siquiera para la más elemental supervivencia y que sería del todo preferible ofrecer al desempleado un puesto mejor remunerado. ¿Por qué no se opta entonces por favorecer el empleo en lugar de por hacer unas cuentas propias de un perdedor sin pulso? Y ahí vamos a la segunda parte.

Gasto social, entonces, no sería solo el que se destina a sufragar subsidios sino el que se dirige a evitarlos y a fomentar la autonomía financiera. Gasto social sería, pues, el que se invierte en sanidad, en educación, en investigación, en infraestructuras y en otros servicios en la medida en que éstos generan empleo estable y bien pagado. Y resulta que los actuales presupuestos reducen sus partidas en todos estos apartados, incluida cultura, o no las aumentan en absoluto, como en el caso de la salud, que si bien parece incrementarse, lo hace para el pago de monumentales deudas atrasadas y de coyunturas especiales como la causada por la gripe.

Se podrá decir que la filosofía subyacente a este planteamiento es de tono liberal, y que eso mismo de crear empleo dicen los del PP. Sin embargo, la diferencia radica en que mientras los liberales creen que la empresa es la única y mejor empleadora, y por ello debe incentivarse en exclusiva su actividad, el socialista sostiene que, junto al impulso de las iniciativas procedentes de la pequeña y mediana empresa (sus dueños son igualmente trabajadores), también puede fomentarse un empleo de calidad invirtiendo en servicios, ¿o es que acaso estamos ya servidos de centros de salud, guarderías, patentes de investigación o línea ferroviaria?

Y este gobierno se las arregla para no hacer una cosa, dar patente de corso a las empresas, lo cual le honra pues ellas son responsables fundamentales de este desaguisado, ni la otra, practicar el socialismo democrático que supuestamente les denomina, lo cual le desprestigia.

¿Presupuestos del gasto social? Venga ya, hombre. Vayan a timar a otra puerta.

* Noticia de hoy en Telediario 2, conducido, por cierto, por toda una profesional, Pepa Bueno: 'un informe del banco de España aconseja moderar los salarios y se lamenta de que el consumo esté estancado'. Todo un oxímoron, ¡sí señor!

lunes, 28 de septiembre de 2009

Las rentas medias

Ya conocemos todos lo que desde hace días era prácticamente una certeza: que el inminente incremento tributario afectará al IVA, a las rentas de capital y a la supresión de la deducción de los 400€. No soy contrario a la subida de impuestos, menos cuando es tan leve, pero sí soy en cambio muy exigente con el destino de los fondos públicos, no siempre bien administrados, según demuestran, por ejemplo, muchas obras del Plan-E. Y es que sólo a un gobierno que no cree en el Estado se le ocurre ceder a los ayuntamientos, esos que tanto han hecho por nuestro desarrollo urbanístico, la gestión de una inversión de tal calibre.

Ya dije aquí que, echando cuentas, resulta irritante que los 15.000 millones que ahora faltan al Estado sean esos mismos que perdió por medidas tales como la del cheque-bebé, la bajada de los impuestos sobre la renta y de sociedades y la supresión del de patrimonio. Todo un tongo eso de pretenderse socialista cuando se bajan los impuestos indirectos sufragando las pérdidas con la subida del IVA. Nos deben de tomar por tontos, tanto a un lado como a otro de este páramo político, pues los socialistas pretenden que creamos que la reforma fiscal afecta sobre todo a los ricos mientras que los conservadores desean que pensemos, en esa búsqueda universal del centro inexistente, que esta subida la pagaremos exclusivamente las rentas medias (entre las que me incluyo, al menos en su estrato más modesto).

Eso que denominan rentas medias son en realidad ingresos que se han visto severamente mermados, aquí como en el resto de Europa, en las últimas dos décadas. Basta con comparar el poder adquisitivo y la estabilidad laboral de un médico, de un profesor o de un obrero a mediados de los años ochenta con sus homónimos actuales. Hasta en el seno de una misma empresa --como nos recordaba Enric González hace poco sobre PRISA-- existe la neta división entre la plantilla antigua, con puesto fijo y salarios altos, y la nueva, de contratos temporales y remuneración irrisoria. No por casualidad el INE demostró hace poco con su mapa salarial que ese español medio al que todos desean dirigirse, lejos de ser de clase media, no cobra más de 14.000€ brutos anuales. Nosotros, en definitiva, nos las tenemos que arreglar con sueldos misérrimos, con jornadas interminables y con precios estratosféricos como el de la vivienda, algo más o menos novedoso respecto a la Europa de las décadas posteriores a la II Guerra. Y que yo sepa, esa permanente devaluación de las rentas medias no sólo es que no sea en absoluto creación del malvado Zapatero, sino que es una de las consecuencias más palpables de ese capitalismo defendido por los conservadores... y los socialdemócratas con el pretexto de la competitividad, la eficiencia y demás retórica alienante.

Si las rentas medias ya ni existen y son más bien bajas, ¿a quién se refieren entonces? A sus potenciales votantes. Unos, los del gobierno, hablan de que suben impuestos a los ricos porque se dirigen al parado al que hay que pagar la prestación, para quien un salario de 1500€, comparados con sus 420€, debe de ser una fortuna. Lo coherente por su parte sería, en caso de sentirse liberal, apostar por crear trabajo, y en caso de concebirse como socialista, fomentarlo con medios públicos --algo que ya hacen, aunque de modo superficial y episódico-- o, si les da por la audacia redistributiva, crear directamente el derecho ciudadano al salario mínimo. Otros, los de la oposición y ahora los de El País, hablan de que se lo suben a las rentas medias porque se dirigen al pequeñoburgués ilustrado con la intención de que no vea protegidos sus intereses (monetarios) con este gobierno, dejando a un lado que buena proporción de ellos va a ver mejorada su situación con la nueva bajada del impuesto de sociedades para las pequeñas empresas.

Ambos, por desgracia, dejan de anotar que esta subida será pagada, como siempre, por quien tenga nómina y, sobre todo, por todo aquel que consuma y no cuente con sociedades que le permitan recibir el IVA de sus compras. Y en este último caso entran todas las rentas, incluso las de quienes no están siquiera en la categoría de rentas medias y cuya falta de formación, perspectivas y consistencia, además de alejarlos de la economía oficial y del voto y con ello de la vista de nuestros políticos los aproxima al consumo desaforado, sin criterio y gratuito y con ello a una notable contribución por el citado impuesto.

Ambos también parecen estar de acuerdo en que lo verdaderamente impracticable, por mucho que se practicase entre nosotros hasta anteayer, es aumentar los impuestos a los ricos, subiendo el tipo máximo del IRPF a las rentas superiores a 60.000€, haciendo mucho más progresiva la recaudación por rentas de capital, recuperando la tributación por patrimonio, fiscalizando la especulación bursátil y obligando a la reinversión de beneficios en la economía productiva. Confluyen en esto porque piensan, o bien que al rico le cuesta poco evadir impuestos y es estéril intentar que contribuya, o bien que al rico no es bueno ahuyentarlo con altos tributos para que así continúe invirtiendo y generando riqueza. Desconocen de este modo, ambos por igual, que de esa forma declinan ante el fraude y lo legitiman y que la riqueza basada en la especulación y en su propia y autónoma reproducción en poco o nada repercute en el país, pudiendo incluso empobrecerlo, al exigir servicios, infraestructura, leyes y protección sin dar nada o muy poco a cambio.

Dialogando con Non Sola Scripta

Hace poco más de un mes se acercó por estas páginas el autor de un buen blog llamado Non Sola Scripta. Cada vez que la casualidad trae a alguien por aquí se materializa aquello de Adorno sobre la botella y el mensaje, teniendo en cuenta sin embargo que poco mensaje hay en mis reflexiones como escasa pretensión tengo de lanzar botella alguna, visto que en el fondo este portal responde más a una necesidad individual de desahogo que a un deseo de transmisión masiva de mis más que predecibles ideas. Pese a todo, no voy a engañarme y he de reconocer que es muy gratificante comprobar que alguien, en alguna ocasión, te lee, como mi secreto lector Fernando, o como la hija de Javier Ortiz, que ha tenido la amabilidad se sumar mi tributo a la web del periodista.

Desde que Non Sola Scripta se pasó por aquí, me acerco con frecuencia por su blog, cuya sección de enlaces te lleva a otros sitios de interés y a alguno que anuncia mucho más de lo que ofrece. Como interesado impenitente en filosofía política y teoría de la democracia leí con cierto interés uno de sus últimos apuntes, titulado ¿Cuántos votos hacen funcionar una democracia?, donde transcribe opiniones de Ralph Dahrendof.

Me llamó la atención la consabida acusación de antiamericanismo a 'la izquierda europea' y 'sobre todo' a 'la española'. Esta réplica tiene visos de convertirse, como la acusación de totalitario, en uno de esos efugios que intentan bloquear la crítica y el debate y que tan bien conocen, por ejemplo, los defensores de la expansión israelí. Si criticas la privatización de la política y la salud, si atacas la militarización de la política exterior o si censuras algunas normas punitivas vigentes en ciertos Estados, más que señalar problemas objetivos de notable gravedad --reconocidos ya incluso por su propio presidente-- no haces sino poner en evidencia un prejuicio de carácter ideológico que nubla tu raciocinio y te impide participar en el debate.

En nada disculpa esto el antiamericanismo todavía practicado por algunos que, en primer lugar, no disciernen entre la sociedad norteamericana y su gobierno, descuidando por tanto las más que envidiables iniciativas que parten de la primera, y en segundo lugar, no toman nota de la irreductible complejidad --histórica, religiosa, cultural y política-- de tal sociedad, tan extensa y heterogénea como el mismo continente europeo y con la distintiva virtud de haberse asociado en torno a un Estado respetuoso con la pluralidad. Pero visto que el documental criticado no hacía sino denunciar los déficits democráticos del sistema político estadounidense, tampoco es que estuviésemos ante un ejercicio de justificada crítica a esta fea especie de antiamericanismo.

Más que por el uso indiscriminado del estigma del antiamericanismo, interesa el post citado porque vuelve a poner en evidencia la distancia insalvable entre liberalismo y democracia. Con coherencia, el autor de Non Sola Scripta se cuestiona hasta qué punto es necesaria una alta participación para el correcto funcionamiento de las instituciones democráticas, cuando índice de la buena marcha de éstas es que no existan divisiones, revueltas y contestación social. La diferencia entre la legitimidad democrática y la liberal es una cuestión de tiempo: para el demócrata procede de un refrendo mayoritario anterior a la decisión política, y cuanto mayor sea la participación de mayor legitimidad goza la norma avalada por la corriente más extendida y popular; para el liberal, por el contrario, la legitimidad se calibra sobre todo en los efectos posteriores a la decisión, siendo legítima aquella que por su eficiencia y utilidad conquista el consentimiento y consigue no tener una oposición activa, y resultando ilegítima aquella otra que se topa con la confrontación ciudadana (léase, de aquellos ciudadanos que hacen explícita su disconformidad). Para el liberal, en afirmación de Fichte, el mejor gobierno es aquel que no se nota porque deja que la sociedad se autorregule espontáneamente, es aquel que no irrita a la gente, según la eficaz acepción de Ignacio Camacho. Para el demócrata, en cambio, el mejor gobierno es aquel que a través de sus medidas plasma en la realidad el programa mayoritariamente deseado en el seno de la comunidad. (Y para el demócrata constitucional, el mejor gobierno es el que hace esto último pero con respeto por los derechos fundamentales declarados en la Constitución).

La legitimidad liberal que defiende Dahrendof y por extensión el autor del mencionado blog, entre otros pliegues teóricos, tiene dos que desde luego la alejan de las creencias democráticas. Sus palabras de orden son la eficiencia y el utilitarismo: el principio de la mayoría, lejos de comunicar legitimidad al poder, no constituye sino un indicio de cuáles son las medidas que mejor se adecuan al interés mayoritario y que menos posibilidad tienen, por tanto, de ser rechazadas activamente. La vigencia de tal axioma no es indispensable, sino altamente recomendable, por eso tanto da una abstención generalizada si ésta no refleja más que satisfacción privada e indiferencia pública.

Con el tácito carácter prescindible del principio de la mayoría, y su sustitución por el vaporoso criterio del interés general, ya nos hemos aproximado a unos terrenos políticos inconfesables. A la reflexión liberal, de hecho, le son caras las abstracciones aparentemente universales que encubren realidades bien particulares que las desmienten tozudamente. Piensen si no en el arranque feliz del liberalismo en la Virginia de 1776, con su pomposa proclamación de la libertad y la igualdad de todos los hombres en su Constitución y la coetánea exclusión de negros esclavos, indios, mujeres y trabajadores. Tanto es así, que resulta connatural al liberalismo hablar de 'pueblo' y de 'sociedad' cuando en realidad se refiere a una sola parte del todo, la que por su valía, mérito y capacidad se estima imprescindible para la subsistencia y progreso del conjunto.

Esta tendencia de invocar el todo refiriéndose a una parte se expresa hoy día en una difícilmente justificable discriminación entre las diversas contestaciones sociales que deslegitiman la acción del gobierno: si son obreros franceses montando una huelga general frente a las reformas neoliberales o mineros bolivianos haciendo huelga de hambre contra la privatización de sus recursos naturales, entonces la oposición ciudadana --en la medida en que impulsada por la base fungible de la pirámide social-- es muestra de atraso y de resistencia frente a medidas tecnicamente necesarias. Si en cambio son plataformas cívicas derechistas las que plantean resistencia, entonces estamos ante una insufrible división social causada por un gobierno sectario e ilegítimo. A todo lo cual contribuye el reflejo mediático de la realidad, para el que la represión, con resultado de muerte en Latinoamérica, de los gobiernos neoliberales apenas merece una columna de actualidad, mientras que bastan cinco opositores de un gobierno 'populista' para obtener una portada a cinco columnas hablando sobre la fractura que padece tal o cual país.

Queda clara entonces toda la carga ideológica que transporta esa manera de pensar que cifra la legitimidad de un gobierno en la ausencia de oposición a sus medidas. Parte además esta reflexión de una imagen distorsionada de la naturaleza humana, supuestamente movida por un impulso innato de libertad que le lleva a sacudirse el yugo de la opresión, de ahí que cuando las decisiones políticas atentan contra dicha libertad el resultado sea siempre la movilización en su contra. Se desconoce así el nada despreciable aspecto domesticable y disciplinable del ser humano, incapaz de oponerse a medidas injustas, o incluso contrarias a sus intereses materiales, por pereza, miedo, ineptitud o simple resignación y capacidad de sufrimiento.

Estos son los motivos fundamentales por los que creo tan sesgada esa convicción a tenor de la cual la legitimidad de las decisiones proviene del consentimiento, es decir, de que su implantación no encuentre resistencia social, y no del aval de la mayoría, de un refrendo mayoritario construido sobre la base de la libertad de expresión y de crítica y para el que resulta no ya deseable, sino del todo necesario una alta participación. Si la resistencia ciudadana, cuando la ejecutan los desfavorecidos, no vale o no existe a efectos prácticos, de poco sirve tal criterio. Y aun de menos sirve desde el momento en que una tiranía puede desplegarse sin encontrar contestaciones severas, ya sea por miedo generalizado o por aquiescencia interesada.

Así es, el criterio apuntado, al que poco le importa la participación (no ya solo electoral, sino sobre todo la ciudadana, aquella que paradójicamente tanto rechazo provocaba en Dahrendof) y sí mucho la eficiencia y utilidad de las instituciones, cuenta con una vecindad sospechosa con cierta legitimación 'técnica' de la dictadura: si ésta satisface a la generalidad o al ciudadano medio, si no provoca divisiones y desacuerdos palpables, si bajo su imperio el hombre común, aquel no significado políticamente y afanado en su trabajo, su familia y sus amistades, disfruta de 'una extraordinaria placidez', entonces tanto da un gobierno democrático que otro dictatorial. No es de extrañar que muchos de los que así piensan, en cuanto la democracia hace de las suyas, no tengan inconveniente en colocarse del lado del despotismo, como sucedió aquí en el treinta y seis o en el Chile de Pinochet. Puestos ante la disyuntiva de elegir entre derechos de la persona o derechos patrimoniales, prefieren en última instancia aniquilar personas a estatalizar recursos económicos. Y esto, que queda muy claro apenas te acercas a la historia política reciente, no parece serlo tanto como la evidencia de que el comunismo o el socialismo real fue en muchos sentidos tan desastroso como criminal. Si lo estuviese, igualmente claro sería que la opción política más noble y la que menos tiene manchadas las manos de sangre no es desde luego el liberalismo capitalista.

El coste de un voto

Decía en el post anterior que los resultados obtenidos por Die Linke y Los Verdes reflejan a mi juicio una esperanza democrática. Me explico ahora con mayor detalle.

Casi todos los análisis electorales responden al principio individualista e idealista de la libertad indeterminada y abstracta, ese mismo que funciona para explicar (malamente) las reglas del mercado. Aplicando tal axioma resulta que los partidos son productos netamente diferenciados y el votante un consumidor libre al tanto de todos los pormenores programáticos. Según tales premisas, todas las agrupaciones parten con las mismas oportunidades y las votaciones son, por tanto, expresión de decisiones puras y libres. Las cosas, sin embargo, son bien diferentes, ya que tanto los partidos como los electores se encuentran estructuralmente mediados por la realidad en la que operan. Así, las formaciones políticas cuentan con apoyos mediáticos diferentes y los que gozan ya del poder gubernamental, por escaso que sea, tienen a su favor redes clientelares e infraestructura institucional que condicionan las decisiones de voto. A todo ello debe sumarse la tramposa aritmética electoral, que posibilita, por ejemplo, que la CDU tenga menor porcentaje de votos pero mayor número de escaños que en los últimos comicios.

Pues bien, dadas estas circunstancias materiales de partida, obtener un voto y lograr un escaño de una formación minoritaria opuesta con claridad al actual modelo socioeconómico requiere mayor esfuerzo que conseguir votos y escaños de color socialdemócrata y democristiano. Por eso el 12% de Die Linke supone toda una esperanza, al igual que el casi 20% que suman en Portugal el Bloco y el Partido Comunista junto a Los Verdes. Una esperanza que, valga la paradoja, los primeros en poder dilapidar son los mismos miembros de estos partidos de la izquierda real.
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¿Por qué afirmo esto? Pues por la tendencia casi inexorable de los miembros de dicha izquierda a enamorarse de sus convicciones y despreciar las constricciones materiales de su actuación. El dogmatismo casi religioso de, por ejemplo, los todavía comunistas, además de abocarlos al más ridículo y torpe cainismo, los hace aparecer no ya como desfasados y anacrónicos, sino como peligrosos en la medida en que portan el virus totalitario. Para conservar y acrecer estos exitosos resultados (piensen en un parlamento español con cuarenta diputados de IU y treinta ecologistas) hace falta saber en qué terreno se está jugando: en una sociedad mediática y mercantil, que hace intangibles determinados privilegios adquiridos, pero también en una sociedad que se quiere justa y democrática. Combatir a la primera con tino y estrategia invocando como señas de identidad los principios de la segunda puede ser el mejor camino para seguir creciendo. Ojalá que lo logren y nos contagien en algo.

Lecturas electorales

Ayer se celebraron elecciones en Alemania y Portugal y hoy en España ha comenzado la tromba de reacciones. Como suele ocurrir, cada cual arrima el ascua a su sardina y, en definitiva, los resultados electorales extranjeros no hacen sino confirmar las propias posiciones nacionales. Por eso hay que leer en clave nacional la opinión de nuestros analistas en política internacional.

La lectura progresista: centrismo y división de la izquierda. Los datos de los comicios alemanes arrojan una doble conclusión creo que indiscutible: por un lado, podemos contemplar una victoria conservadora que sobre todo se ha apoyado en un sensible crecimiento de los neoliberales, y por otro, asistimos a una derrota estrepitosa de los socialdemócratas, que desde 2005 llevan perdidos más de noventa diputados de un hemiciclo compuesto de seiscientos veinte escaños.

En interpretación de El País, la victoria conservadora se cifra en la capacidad de Merkel para hacer política centrista y en la credibilidad de las propuestas neoliberales del FDP. Sin embargo, la actual canciller ha perdido apoyos (del 35,2% de los votos ha pasado al 33,8%) y probablemente algunos de los que ha mantenido se explican por su marcado tono social , mientras que la ascensión liberal no se debe a éxito centrista alguno, sino más bien a la consolidación y crecimiento de las posturas neoconservadoras justo en el tiempo en que se ha demostrado de manera fehaciente su carácter desastroso.

Por su parte, la abultada derrota del SPD es leída como efecto del desgaste en el poder y, ojo al dato, como consecuencia de haber contribuido al establecimiento del Estado del bienestar, de modo que la sangría de votos no se debe tanto a su conversión neoliberal sino a su pasado socialista, que de no haber existido haría más creíble su nueva fe mercantil. La conclusión, siempre según El País, es que la izquierda se aleja del gobierno porque de nuevo está dividida, mostrando con ello no sólo una comprensión dictatorial de la política --al parecer infructuosa en un contexto pluralista y sólo viable con la dialéctica de bloques unitarios-- sino también su consueta preferencia por un gran (y aburrido) bipartidismo de centro. Es lo que tiene preferir la gobernabilidad a la justicia y la democracia, que deja de entenderse la situación de la izquierda en Alemania, pero también en Francia, Reino Unido, Italia y Portugal.

Mi lectura de la derrota socialdemócrata es muy otra. Ya mi padre, todo un vocacional de la política, me decía que regla elemental de las coaliciones es que, cuando llega la revalida electoral, el socio minoritario sale perdiendo porque se interpreta o bien como traidor o bien como fuerza innecesaria. Para coaligarse hace falta tener poder, y si no lo tienes es mejor continuar aspirando a conquistarlo. Y esto no pareció comprenderlo el SPD, cuyo vertiginoso descenso evidencia mucho más de lo que pretende El País: en primer lugar, el declive generalizado del socioliberalismo, cuyas similitudes económicas con los conservadores les resta identidad propia, de ahí que crezcan los partidos a su izquierda y que se debilite electoralmente, ya que no mediática e institucionalmente; en segundo, la falta de credibilidad de quien se opone a los conservadores siendo ministro de un gobierno conservador; y en tercer lugar, la falta de fuelle de un candidato sexagenario que escenifica mejor el cansancio de una idea que el vigor de un proyecto (o la mesura, la constancia y la prudencia de un gobernante, bien representadas por la Merkel).

Y la fragmentación de la izquierda, lejos de implicar un desastre para ésta, como sugiere nuestra progresía, supone todo un reto y el reflejo de una esperanza. Todo un reto porque el hecho de que Los Verdes y Die Linke sumen casi el mismo porcentaje de votos que el SPD les pone ante la prueba del diálogo, la negociación, la transacción y la estrategia, asignaturas que los dirigentes socialdemócratas, con su clara tendencia derechista, tienen pendientes para la próxima cita. Y una esperanza porque impulsa a seguir confiando en la democracia como fuente de legitimidad del gobierno ya que es posible convencer incluso contra el viento y la marea de los poderes fácticos.

Lecturas conservadoras: faltos de ideología y repartición de la miseria. Para la derecha, en cambio, los resultados en Alemania reflejan que la izquierda anda carente de 'un cuerpo doctrinal coherente y unitario'. Como los progresistas, interpretan que la variedad ideológica es un mal en democracia, cuando debiera ser justo lo contrario, una bendición. En el fondo, añoran la hegemonía socioliberal e invalidan tácitamente toda alternativa a la izquierda, que es lo que en realidad temen. La supuesta ausencia de unidad ideológica no significa sino la nulidad, por su presunto fracaso histórico, de toda ideología izquierdista, de ahí la constante inclinación a desacreditar como comunista a Die Linke, borrando su conexión con la lógica del Estado social, y la oculta preferencia por las polémicas domésticas y superficiales con la socialdemocracia.

Pero si algo puede deducirse de las elecciones, al menos en boca del prepotente Melchor Miralles, es que la península ibética ha quedado como último reducto izquierdista. Y la profundidad de la crisis en Portugal y España no serían sino las consecuencias de esa obcecación política. Claro, tanto da que Italia cuente con una crisis galopante desde hace más de un lustro pese a su gobierno derechista, que las formaciones neoliberales cual el PP hayan provocado buena parte de esas agravantes españolas que nos siguen hundiendo en la recesión, que gobiernos conservadores como el alemán hayan adoptado hasta el momento tácticas propias de Keynes como la subida de impuestos y que gobiernos socialistas como el portugués haya tomado medidas de carácter neoliberal. Lo que importa es fabricar una consigna sencilla, unilateral, bien comprensible para todas las mentes y susceptible de ser difundida con facilidad. Así le va a la derecha... tan rematadamente bien.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Autoprofecías

Creo que era Kant quien afirmaba que las autoprofecías son patrimonio de los poderosos. Así es: resulta muy sencillo pronosticar el futuro cuando tienes el poder suficiente para producirlo a tu antojo y en tu propio beneficio.

Cuando escucho a tipos como el presidente de la patronal de la banca augurándonos un porvenir de desempleo, quiebras empresariales y ruina económica no dejo de acordarme de aquella apreciación kantiana. Buena parte de los que anuncian un futuro aciago atribuyendo la responsabilidad en exclusiva al presidente Zapatero tienen mucha más capacidad que éste para determinar el curso de los próximos acontecimientos. Piensen si no en la capacidad de esa misma banca para hacer quebrar empresas si no concede créditos. La cuestión no es ya que resulte un simplismo aberrante denunciar que la formación en el gobierno es responsable única de estos padecimientos, ocultando el hecho de que la economía no sigue ya los designios de la política y que, caso de hacerlo, tan responsables fueron los anteriores gobiernos promocionando este capitalismo especulativo como el actual, incapaz de adoptar ni una sola medida preventiva. El problema es que para salvar estos escollos, acaso cuenten con mayor posibilidad de actuación y éxito algunos agentes económicos que el propio consejo de ministros. Pero eso nos remite entonces a un problema aún mayor: el alcance de la democracia en el seno del capitalismo.

La democracia capitalista se basa en última instancia en la buena voluntad y en la creencia de que es un modo aceptable de proteger y promover los propios intereses. Su base social se caracteriza por la desigualdad y la jerarquía, amparadas ambas, presuntamente, en la más eficaz producción y distribución de bienes. En oposición al tradicional poder político impositivo, su método de gobierno ha de ser la gobernanza, dado que ha de granjearse el consentimiento y la aquiescencia de quienes ocupan el vértice de la sociedad. Si éstos ven que las medidas gubernamentales, por muy mayoritarias que sean, dejan de salvaguardar sus intereses, nada o poco les impide el recurso a la desobediencia, a no doblegar su voluntad frente a normas que consideran heterónomas y opresivas.

Por eso la democracia real y el socialismo o la homogeneidad económica van parejas. Sólo con intereses realmente homogéneos y con poderes sociales más o menos equipotentes puede funcionar el principio de la mayoría. Lo característico de la sociedad de nuestro tiempo, en cambio, es que se autoconcibe como democracia y se estructura como capitalista. De ahí que en el plano de la retórica gocen de buena salud los argumentos democráticos, y hasta jacobinos, que sirven ahora para considerar al gobierno como responsable último de los acontecimientos sociales, mientras que en el plano de la realidad sean los parámetros liberales los verdaderamente vigentes, permitiendo que existan sectores con mayor poder que el propio gobierno, hasta el punto de que, si sus voluntades concurren en idéntico sentido opositor, pueden derrocar y hundir al gobierno que se les enfrente.

Y éste de ahora, el nuestro, es tan torpe que ha preferido consolidar en la práctica a dichos sectores y enfrentarse a ellos en el terreno del discurso y las consignas.