martes, 22 de septiembre de 2009

El ejemplo electoral europeo

El próximo domingo se celebran elecciones en Alemania. Vaya por delante que, después de haber vivido en aquel país durante más de un año y, por tanto, después de comprobar cómo una sociedad puede funcionar realmente bien invirtiendo con generosidad en servicios públicos, mi opinión puede llevar el sesgo de la admiración. Tanto es así que siento sincera simpatía hasta por su actual canciller pese a profesar creencias políticas bien distantes de las mías.


Si envidio el panorama electoral alemán no es, por supuesto, por las nulas expectativas de victoria que pueda tener la izquierda real, ni tampoco por las delatoras renuencias de la socialdemocracia a pactar con Die Linke para salvar las conquistas del Estado del bienestar. Junto a la más que probable victoria democristiana, tales circunstancias no apuntan sino a la consolidación del conservadurismo como la opción política de rango europeo más creíble y natural. Nada extraño, dada la coherente propensión de una sociedad mercantil a ser gobernada con criterios liberal-conservadores.

Si contemplo admirado la más que probable distribución de fuerzas de la política alemana es por su sinceridad. Y no lo digo por las antedichas renuencias del SPD, que vienen a identificar con claridad la opción socio-liberal y a frustrar cualquier posibilidad de un pacto entre la burguesía progresista y el socialismo obrero, pacto que ha sido el causante por lo general de los más valiosos avances sociales y económicos en nuestra historia reciente. Ni tampoco por la reseñable circunstancia de que allí gobiernen en comandita CDU y SPD, haciendo patente hasta qué punto las divergencias entre estas dos corrientes son superficiales e interesadas. Lo afirmo por el hecho de que tal distribución responde con fidelidad a la correlación ideológica de la Alemania actual, algo que no podemos afirmar de nuestro anquilosado bipartidismo, ni siquiera porque esté flanqueado de las formaciones nacionalistas.

Ese ejemplo alemán es de todas formas extensible a otros países europeos como Francia y Portugal. En todos ellos podemos constatar la concurrencia de cinco corrientes políticas: a la derecha, junto a formaciones nacionalistas extremosas, encontramos a democristianos y liberales, en el centro a socialdemócratas y social-liberales, y a la izquierda a verdes, comunistas, troskistas y a socialistas. Y en ninguno de ellos se da una mayoría apabullante de alguna formación, al menos si ponderamos los resultados electorales en proporción al cuerpo electoral en su conjunto, como tampoco se da una minoría irrisoria en las coaliciones a la izquierda de la socialdemocracia.

Si esto ocurre es porque las sociedades alemana, francesa y portuguesa son más liberales que la española. Es decir, sus instituciones políticas, sus formaciones representativas y, en fin, su entramado mediático, reflejan con mayor precisión sucomposición política real. En España, por el contrario, existe en ese sentido un déficit de representatividad y, por consiguiente, un exceso de presión malformadora por parte de las instituciones y los partidos sobre la sociedad. Para que ello no ocurriera, habría que hacer distinciones netas entre nacional-católicos y liberales laicos en el seno del PP, entre social-liberales y socialdemócratas en el interior del PSOE, y entre comunistas y ecosocialistas dentro de IU. Quizá UPD sea esperanzador en este sentido, desgajando a los liberales laicos del PP, pero faltaría aún que los comunistas volvieran a tener su partido, para que los votase quien quisiera, y que el socialismo democrático tuviese su propia agrupación.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La perspicacia presidencial

Lo siento. Sé que son preocupaciones pedestres, desprovistas de interés y próximas a la afición por las telenovelas, pero ando un poco entusiasmado con esta inédita batalla entre PRISA y Zapatero. Lo fundamental es no pensar ni por un momento que son motivos ideológicos o políticos, en el sentido más noble del término, los que están provocando el presente desaguisado. A mi entender, todo se reduce a cuestiones de interés empresarial, lo cual desacredita ya de entrada las reacciones y editoriales de El País y la Ser.

Aunque quizá lo haya insinuado ya en otro apunte, conviene insistir en que ninguna conclusión ideológica, a no ser en sentido contrario, puede extraerse de esta lucha entre oligarcas. Por un lado, el diario Público, versión escrita del minoritario sector mediático que cubre Mediapro, dista mucho de ser un periódico al servicio y adulación del presidente, tal y como pretenden sus detractores progresistas. Creo, por el contrario, que no hay medio nacional que no incurra en marginalismo y radicalidad que critique con mayor rigor desde la izquierda a la formación en el poder. Piensen en Reig, antisocialista hasta la extenuación, y en el difunto Ortiz, situado en la misma sintonía, pero reparen también en Escudier, Rosa, Taibo, Amirian, Martín Seco, Navarro, Escudero y un largo etc. Puede que la línea que siguen los editores de la sección política, aun dando cancha a IU, sea excesivamente acrítica con el PSOE y, con frecuencia, gratuitamente caústica con el PP. Pero lo que resulta innegable es que la mayor parte de la masa gris del periódico, aquella encargada de poner en circulación ideas y críticas (no sólo versiones informativas de hechos), se caracteriza por colocarse a la izquierda del PSOE.

Y por otro lado, no conviene caer en la trampa de pensar que Zapatero es más de izquierdas de lo que realmente es, por mucho que medios como Público se empeñen en lo contrario. No digo que no haya realizado gestos de importancia que lo colocan bastante más a la izquierda de lo que, en un país con pesado lastre franquista, es costumbre. Vean si no su reacción el pasado julio frente a la salida de tono empresarial en el diálogo social o su plausible intención de negociar los presupuestos con las fuerzas minoritarias a su izquierda, algo, por ejemplo, que resulta más pecaminoso para un socialdemócrata alemán que pactar con neoliberales o democristianos.

Pero tampoco exageremos. Entre realizar una política de izquierdas (esto es, de mantenimiento y ampliación de derechos sociales, de estricta redistribución de la riqueza, de abolición de privilegios injustificables, de mayor presencia pública en la economía, etc.) empleando una retórica centrista o emplear una retórica izquierdista realizando una política de centro, nuestro perspicaz presidente parece haber escogido esta segunda opción. Si no, a qué vienen esas menciones ideológicas a los 'poderosos' contra los que al parecer combate nuestro gobierno... suprimiéndoles el impuesto de patrimonio o dando patentes de corso a las SICAV. La diferencia es que mientras optando por el primer camino se habría granjeado simpatías izquierdistas y se habría evitado reacciones conservadoras y centristas, eligiendo el segundo se condena a no tener credibilidad en la izquierda --pues la retórica no viene acompañada de hechos sino de gestos y medidas simbólicas--, a escandalizar a los centristas y a facilitar a bajo coste argumentos-consignas a la derecha, que ya lo compara con Hugo Chávez.

jueves, 17 de septiembre de 2009

No más oxígeno

Cumpliendo todos los pronósticos, Durao Barroso, el anfitrión de las Azores, el huido de aquel gobierno portugués nefasto, inepto y al servicio de grupos privados, ha sido reelegido presidente de la Comisión europea. Y a su reelección ha contribuido el voto de los eurodiputados del PSOE, obligados al parecer por expresa consigna de nuestro presidente y por la lealtad que presuntamente todos le deben.

Nuestra socialdemocracia es tan proclive a dar balones de oxígeno a sus adversarios que su condición de formación izquierdista es más que dudosa. El incomprensible respaldo institucional prestado a grupos neonazis, cuya identidad misma es anticonstitucional y por tanto exterior al código de valores sobre el que supuestamente se funda nuestra sociedad, fue la circunstancia que provocó el asesinato de Carlos Palomino. Las tres bajadas fiscales del pasado año, el paso del 45% al 43% en el IRPF, el descenso del Impuesto de Sociedades y la supresión del de Patrimonio, supusieron en conjunto un regalo de más de 10.000 millones de euros a unos sectores que no darían un solo duro por Zapatero y el PSOE. El mismo blindaje de las SICAV frente a las denuncias de la inspección de hacienda benefició a multimillonarios muy poco socialistas. El Ministerio de Cultura subvenciona Razón Española, órgano de propaganda neofranquista. Van a endurecer el estatuto del extranjero vulnerando sus derechos con la vana pretensión de granjearse simpatías conservadoras, cuando para el conservador son los responsables de una inexistente política de puertas abiertas. Y así podría continuar con los ejemplos.

¿Falta de estrategia, exceso de liberalismo o elitismo de la cúpula socialista? Quizá de todo un poco. En este punto, la concepción liberal de la política exhibida por nuestra socialdemocracia no resulta indiferente. Si las decisiones y los acuerdos proceden de la confluencia espontánea y racional entre los intereses no se necesitan medidas contrarias a ningún interés; es más, pueden contentarse todos, primeramente aquellos que cuentan con más relevancia y prestigio, que son en definitiva los que impulsan el desarrollo social.

Pensar que derechas e izquierdas son lo mismo, que qué más da situarse a un lado o a otro para conquistar la justicia, conduce desde luego a creer que en política no existen oposiciones reales de intereses, sino discrepancias aparentes envueltas en la igualdad y universalidad del género humano. Pero como desconfío de las explicaciones idealistas, creo que este factor contribuye sólo parcialmente a la derechización de la socialdemocracia, explicable en cambio por una circunstancia más pedestre y material: la procedencia económico-social de la cúpula del PSOE. ¿Hay algún sindicalista, algún trabajador precario en la cúspide de sus filas? ¿Hay posibilidad siquiera de que alguno de los miembros del gobierno comunique a sus decisiones la experiencia de una biografía obrera? Me da que no, que lo habitual es su plena inserción en nuestra oligarquía económica y cultural.

Con todo, no ya es que crea que ZP sigue siendo soportable en cuanto mal menor, sino que lo que considero insportable es la caradura que muestran derechistas, liberales y progresistas en la persecución que acaban de emprender. Resulta que nuestros conservadores, sofistas disfrazados de custodios de la pureza moral, sienten ahora nostalgia del PSOE de Felipe González y no paran de adular a Pedro Solbes, artífice de esas medidas pro-ricos que han vaciado las arcas públicas. Y qué decir de PRISA, cuya prepotencia se mide por el descaro con el que ataca al gobierno cuando no satisface sus intereses corporativos. Zapatero, en este sentido, cuenta con el mérito, novedoso entre nosotros, de no tener un solo aliado mediático (pues en Público lo condenan sin piedad y sin parar), algo desde luego muy saludable en democracia. Si en 2012 saca once millones de votos se habrá demostrado entonces que la opinión publicada, la propaganda, no sólo no refleja el espectro ideológico de la sociedad española, sino también y sobre todo que ejerce una violencia simbólica indecible sobre ella.

Pero si el PSOE decide dar oxígeno a quienes sostienen una cosmovisión derechista de las relaciones sociales, no por ello han de hacerlo las agrupaciones a su izquierda, únicas defensoras del Estado del bienestar. IU, ICV y ERC debieran negociar duramente la revisión de los impuestos y no entrar a dialogar si no se adoptan medidas progresivas. Y si el gobierno no acepta tales condiciones, que busque un pacto con el PP, para que de una vez se escenifique el acuerdo real que los une. Y si con ello se desgasta aún más, allanando ya el terreno a la próxima victoria democristiana, que quede entonces claro que fue su falta de determinación la que la provocó.

martes, 15 de septiembre de 2009

¿Fiscalidad improvisada?

No es por resultar agorero, pero con motivo de una derrota fulminante de Gordon Brown, pronostiqué en estas páginas que la mal llamada socialdemocracia o la con más precisión denominada centroizquierda, o social-liberalismo, no suscitaban sino rechazo artificial en sus oponentes, escaso entusiasmo entre sus seguidores y resignación propensa al abstencionismo entre sus hipotéticos simpatizantes críticos. Las elecciones europeas no hicieron sino confirmar este diagnóstico. Y el arranque del curso político, con la creación forzada y simplista de una imagen perdedora del gobierno, empuja a creer que es tan ajustado que de celebrarse elecciones inminentes asistiríamos al retorno de los conservadores.

En la medida en que constituye un insulto a la inteligencia, por lo simplificador y propagandista, huyo de esta nueva representación del gobierno, difundida desde el nacionalcatólico ABC hasta el progresista El País, en la que aparece declinante, desorientado, exangüe y sin fuelle. La presencia de intereses materiales muy tangibles y no atendidos por el gobierno en el caso de PRISA, y la consueta tendencia a demonizar al adversario de aquellos que se tildan de responsables y sensatos, o sea, los liberal-conservadores, hace que dicha imagen se corresponda muy poco con la realidad, que sea una instantánea que, como todas las creaciones del espectáculo, se disuelva tras unos meses, si es que el otoño no se le tuerce al presidente entre la gripe y el paro.

Pero existen sin embargo algunos datos que invitan a creer que, efectivamente, estamos ante un gabinete pródigo en medidas improvisadas. Juan Carlos Escudier, uno de los pocos periodistas que se toma el trabajo de documentarse, escribía este domingo que el Estado, según los datos de la Agencia Tributaria, había dejado de ingresar en 2008 cerca de 20.000 millones de € por las audaces apuestas tributarias planteadas la pasada legislatura, algunas de ellas aprobadas en plena campaña electoral. Lo mejor --o sea, lo más esclarecedor--, no es que a esa cantidad haya que agregar más de 1.500 millones procedentes del recién suprimido impuesto del patrimonio, sino que su mayor parte proviene de haber rebajado el tipo mínimo del IRPF del 45 al 43% (2.400), de haber también aligerado el impuesto de sociedades (5.500) y de los famosos y estériles 400€ (4.100). Es decir, que si sumamos esas cantidades (incluida la de patrimonio), montantes que no responden al principio de progresividad, benefician a los más pudientes y financian el consumo de más bajo rango de modo indiscriminado, obtendríamos un importe de 13.500 millones, casi la totalidad de lo que el gobierno dice necesitar para sufragar su inverosímil política social.

De acuerdo, las cuentas anteriores puede que tengan trampa, pues en 2009, con el consumo y la actividad económica por los suelos, probablemente no se habría recaudado lo mismo por sociedades ni por IRPF, pero convendrán conmigo en que, de no haberse realizado esos injustificados retoques a beneficio de unos pocos, se necesitaría bastante menos pasta de la que hoy reclama el Estado para sufragar sus gastos corrientes. Y también concordarán si afirmo que ese agujero, creado en buena parte por el mismo gobierno, se va a cubrir ahora con una fiscalidad de lo más reaccionaria, subiendo el IVA y los impuestos especiales y gravando las rentas del capital del mismo modo que actualmente, es decir, de una manera en absoluto progresiva con un tipo único.

La cuestión es si todo este desbarajuste, traducido en la práctica en la enésima transferencia de renta desde las clases bajas y medias (dentro de las cuales no entra quien goce de una renta per cápita de más de 50.000€, como pretende el PP con su extensivo y doctrinario concepto de la clase media) a las más altas, es producto de la improvisación o el objetivo cumplido de un plan premeditado. Concedo incluso que Zapatero, animado por quienes hoy le abandonan a rebajar impuestos cuando quedaba todavía mucho por hacer en sanidad, educación e infraestructuras, ni siquiera haya reparado en el resultado final de su ristra de medidas. Pero me creo menos que los gabinetes de economistas y expertos a sueldo de las corporaciones no discurran a medio y largo plazo, pues bastaba con ser un cuidadano de a pie para saber que la crisis iba a arreciar mientras el presidente anunciaba sus cheques electorales.

PS 1. Ando comprando un coche para sustituir el mío, que tiene más de nueve años. Está siendo un buen experimento para contemplar la desembocadura de las ayudas directas del Estado: si antes costaba un coche 18.000€, tras la financiación pública de 2.000€, ha pasado a costar 20.000€, pero, eso sí, con un descuento de 2.000 para aquellos que entreguen su desvencijado automóvil. Lo que no duró más de tres meses fue el desconocido Plan VIVE, que financiaba con créditos del ICO de 10.000€ a siete años sin intereses la compra de tu vehículo. Adivinen por qué: pues sencillamente porque el negociete de 3 o 4.000€ que genera la financiación de parte del precio de cada coche quedaba fulminado. Seguramente bastó con una llamada de Botín para cortar de raíz la iniciativa.

PS 2. Una curiosidad: consultando la base histórica del BOE topo con la ley que creó la SGAE. ¿Saben de qué año era?: de 1941, ¡toma ya corporación franquista reiventada por el socialismo de salón!


miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sin Estado

Italia me condujo a El Salvador, y ahora todo lo que pasa allí es de mi interés. En el Salento, disfrutando de la indeleble experiencia de la Erasmus, conocí a quien hoy es, además de entrañable amigo, un recio y valiente peridodista que ejerce su profesión en aquel país centroamericano. De su mano, como sabe quien a este blog se acerque, llegué a un semanal salvadoreño en el que contribuí por vez primera a un medio periodístico con mi palabra escrita. Hoy, esa valentía de la que hablaba, le ha empujado a dejar la seguridad de su revista para dedicarse 'a vender su arte', entre otras cosas realizando reportajes de periodismo literario sobre asuntos de penosa actualidad.


No pude entonces dejar de recordarle, y de escribirle, cuando supe del fallecimiento de Christian Poveda, reportero y fotógrafo, no casualmente hijo de exiliados, cuyo objetivo ha estado siempre próximo a los puntos más calientes de Centro y Sudamérica. El Salvador, desde luego, debía de conocerlo bastante bien, porque además de indagar a fondo en el fenómeno de las maras, cubrió por entero su prolongada y cruenta guerra civil, la cual dejó miles de muertos a sus espaldas y sigue determinando hoy, por desgracia, la vida pública (sin ir más lejos, el oponente de Mauricio Funes, el candidato derechista por fortuna derrotado, era miembro de la policía política y poco menos que asesino confeso en los duros años de la posguerra).

La paradoja, como me decía mi amigo, quien por cierto conocía directamente a Poveda, es que ha muerto a manos de quienes defendía y victimizaba. Veo con Danae algunos fragmentos de su documental La vida loca y no puedo menos que pensar que, entre otros problemas, la violencia exasperante, la inseguridad crónica y paralizante que envuelve a buena parte de los territorios latinoamericanos remite directamente a la existencia, concepto y extensión de la vigencia del Estado por aquellos lares. Por muy reaccionario o conservador que parezca a ojos occidentales, lo que a mi juicio falta en la mayoría de los países latinoamericanos es un Estado fuerte, lo cual implica necesariamente ponerse de acuerdo en qué significa eso de un Estado fuerte. No, desde luego, un Estado militarizado, que tienen de sobra y suele ser por el contrario síntoma de debilidad institucional, sino más bien una institución con la suficiente infraestructura, pero también con la suficiente potencia y legitimidad, como para expropiar sin contemplaciones a la ciudadanía del uso de la violencia, como para erradicar la justicia privada, siempre tan bárbara e irracional.

No se trata, pues, de confundir el Estado con una institución destinada a garantizar por la violencia el orden público, que suele equivaler a la seguridad de unos cuantos privilegiados, pues de ese modo se reduce a su lado represivo y queda, por tanto, sin cubrir el indispensable aspecto preventivo que también requiere la garantía eficaz de un mínimo de paz social. Tampoco se trata, en el otro extremo, de victimizar a quienes también son verdugos y de pensar que todo se consigue con educación y oportunidades. Y tanto mal hace que el Estado carezca, por falta de infraestructura, autoridad y personal, de suficiente fuerza impositiva, como que esté desprovisto, también por falta de medios y por ausencia de propósito, de un básico sistema de protección social que permita la supervivencia, la ilustración y la forja de proyectos personales.

Pero tanto en un caso como en otro el motivo es idéntico: el Estado no se ha diferenciado de la sociedad y refleja nítidamente las pulsiones de grupos privados que, caso de verse acosados por tentativas estatales de despegue, reaccionan con rebeldía, violencia y, en última instancia, golpes terroristas. Falta allí una institución que, por representar a la generalidad, pueda desvincularse de particularismos privados, un Estado que tenga una policía con sentido cívico más poderosa que las bandas juveniles, pero también que cuente con un entramado protector que deje expeditas otras rutas más satisfactorias para el desarrollo personal que la muerte, la prisión y la violencia. Y si no lo hay, no es culpa desde luego de las maras, sino resultado tanto de la herencia colonial como de la falta de sentido público de sus sucesivos gobernantes.

jueves, 30 de julio de 2009

Apuntes madrileños (V)

Los medios de propaganda

Hay un dicho que afirma que no hay nada mejor repartido que la razón. Todo el mundo cree que la posee por igual. Extrapolado al universo mediático, este parecer se transforma en la convicción de que las propias opiniones nacen del sentido común y se difunden por su propia racionalidad, mientras que las opiniones del adversario, por no decir enemigo, son torcidas y solo se sustentan gracias a la propaganda. Como suele ocurrir, si esta es la impresión general, la certeza basada en la estadística es que de cada cinco opinantes conservadores que mencionan el agit-prop del PSOE, dos o tres de los empleados de PRISA o Mediapro se lamentan de la propaganda derechista.

Pero el problema no está en la acostumbrada caradura de los agitadores de nuestro castizo conservadurismo. Lo preocupante es que cuentan con un asombroso soporte para, a fuer de repetir sus consignas, empapar a la sociedad de sus preferencias. Y lo digo porque cada vez que vengo a Madrid me sorprendo por ello.

La TDT ha supuesto en nuestra benemérita capital que sus conciudadanos puedan alimentarse con el rancho espiritual que les ofrecen Popular TV, Libertad Digital TV, Intereconomía, Veo TV, Canal 7, Telemadrid y La Otra, en cuyas parrillas no faltan, por supuesto, debates, tertulias, documentales y entrevistas donde uno puede continuar adoctrinándose después de leer ABC, El Mundo o La Razón. ¿Y el agit-prop zapateril? Como no sean Cuatro, La Ser y El País, donde lo ponen firme a cada paso, no creo que alcancen el rango de órganos de propaganda los modestos Público y La Sexta.

Pero el problema es otro. Vista la obviedad de que tales medios no representan la proporción que ocupan en la oferta mediática, ¿a quien representan entonces? Al capital acumulado, que encuentra en estas iniciativas un medio para reproducirse, perpeturarse y acaso sacar unas perrillas, aunque eso es lo de menos, pues precisamente suponen el entretenimiento de las perrillas sobrantes.

¿Cómo solucionarlo, pues? Limitando drásticamente, controlando y encauzando con autoridad, dicha acumulación ilegítima. Aquí se comprueba hasta qué punto el socio-liberalismo puede llegar a ser su peor enemigo, al consolidar las condiciones que permiten proliferar este tipo de adoctrinamiento. Seguramente no se atreva a meter mano en dichos chiringitos, encomendándose de nuevo a la sabia espontaneidad y al libre rechazo sentido por los ciudadanos, pero conviene recordar que su existencia deja en muy mal lugar eso de que uno de los valores definidores de nuestro país sea el 'pluralismo político'. Al final va a ser verdad que internet es el único medio constitucional.

Honduras en España

¿Qué ocurriría entre nosotros si al partido en el gobierno, con el respaldo de sus votos, le diese por nacionalizar empresas estratégicas, fiscalizar severamente las rentas de capital y expropiar todo el parque inmobiliario infrautilizado? Probablemente, reaccionaría de inmediato, conminando con sanciones y aislamiento, la Unión Europea, permeable como es a los intereses corporativos. De obstinarse en sus reformas económicas el partido en el poder, se crearía un ambiente mediático en el que toda la prensa, radio y televisión estatales le acusarían de estar violando las reglas del juego, de estar alterando no solo nuestro marco constitucional sino también el internacional. El terreno se encontraría entonces labrado para cualquier destitución rápida, limpia e inmediata, impulsada por quien detenta de facto la fuerza, el ejército durmiente bajo mandato regio, y facilitada por el creciente unipersonalismo del poder, auténtica paradoja en un régimen parlamentario.

A juzgar por las opiniones vertidas en casi todos los medios oficiales, en esta hipótesis todos aquellos que se califican de puros demócratas acusarían en primer lugar al gobierno democrático de populista y en segundo legitimarían una intervención militar, sobre todo si venía apoyada por instituciones internacionales. Su opinión, lo he comentado en más de una ocasión aquí, no podría de ningún modo equiparase, en cuanto a valor y autoridad moral, a la expresada con su apoyo electoral por millones de personas. No hay que ser muy asiduo de la prensa, las tertulias y los debates televisados para percatarse de que menos de cincuenta personas, muchas de ellas perfectamente indocumentadas para la mayoría de los temas que tratan, monopolizan la producción de argumentos, prioridades y opiniones. Y de ellas, solo una ínfima proporción --acaso el único sea Nacho Escolar, quien quizá no haya ponderado el peso, formidable, de su representatividad-- representa a la izquierda democrática y no liberal. Da igual, de todos modos, pues la opinión de los restantes cuarenta y nueve, con todos los altavoces necesarios a su servicio, constituiría a efectos prácticos la opinión pública, aquella que con su consentimiento y con sus tibiezas asentiría frente a un golpe no demasiado sangriento.

Este más que improbable escenario pone frente a nosotros las fronteras intraspasables del régimen demoliberal. En su núcleo, agazapadas, todavía habita la coacción y la fuerza, cuyos medios, por mal que suene, habría que conquistar, entre otras cosas porque ejército, policía y guardia civil pueden ser cuerpos democráticos volcados en la protección de derechos legítimos en lugar de en la defensa de una patria abstracta. Unos, como Vallespín, prefieren mirar para otro lado, hacer como que ese guardian violento no existe, y dar por sentado que el régimen democrático no puede rebasar dichos límites. Otros, en cambio, nos obcecamos en pensar que con esos frenos no puede realizarse de ningún modo la democracia, cautiva como está.

Ni Chávez, con su repugnancia a las formas y los procedimientos, con su chusco ordeno y mando, ni Zelaya, con su incomprensible sonrisa, son de mi agrado. Pero sí lo son sus propósitos redistribuidores, alfabetizadores y, en suma, emancipadores. Y eso es lo que me preocupa: que vivamos en un país que ni siquiera puede comenzar a pensar a transformar sus injustos cimientos de desigualdad, embrutecimiento y precariedad.