martes, 14 de octubre de 2008

José María Lassalle

Vaya por delante que quien da título a estas líneas me merece todo el respeto como intelectual y político conservador, a diferencia de lo que me suscitan los tipos incendiarios y endebles que han proliferado por la multitud de medios derechistas activos en nuestro país. Ha sido uno de los que con más tesón han aupado a Rajoy hasta el podio de la democracia cristiana española, desplazando la voracidad neoliberal de la señora Aguirre.

Le menciono hoy aquí porque acabo de leer un artículo suyo en El País (¿por qué no escribe ya en ABC?) en el cual pueden encontrarse algunos de los subterfugios argumentales del liberalismo conservador. Enumerémoslos:

La edad de las ideas. Para Lassalle, y para todos los conservadores, las doctrinas socialistas son inservibles porque son cosas del pasado, 'superadas por la historia'. Que la validez de una teoría política esté ligada a su presunta actualidad no implica el hecho de que, desde Santo Tomás hasta Adam Smith, desde las doctrinas que ampararon la inquisición hasta aquellas otras que ampararon la explotación más bárbara, puedan continuar vigentes, de modo expreso, en su discurso. El paso irrevocable de la historia sólo tiene efectos anulatorios en el caso del socialismo.

La persistente bipolaridad. Porque para Lassalle, y para los conservadores, la izquierda tiende aún a retrotraerse a fechas anteriores a 1989, persistiendo, por tanto, el dilema entre el comunismo y la libertad. Son así ellos los que, interesadamente, mantienen vivo el tan rentable fantasma del comunismo opresor para instituirse en baluartes eternos de la libertad. Dejan con ello de tener en cuenta que quienes criticamos severamente la irracionalidad capitalista no lo hacemos para sostener un sistema opresor, sino sencillamente para defender un Estado del bienestar caracterizado por una protección sólida y universal de los derechos sociales e individuales.

La gran mentira. Porque para Lassalle el liberalismo capitalista es del todo irrenunciable debido precisamente a que ha posibilitado el mayor grado de riqueza existente en la humanidad y, por consiguiente, el más óptimo reparto de recursos y beneficios jamás operado en las sociedades. La historia reciente se caracterizaría por la 'lucha del comunismo y el fascismo frente a la democracia liberal', y la final, y cuasi providencial, victoria de esta última, primero frente a los fascistas, y después ante el comunismo. El relato puede ser, por el contrario, otro bien distinto: el liberalismo patriarcal, racista y de democracia oligárquica fue creando bolsas de marginación, pobreza y exclusión formidables que, precisamente gracias a doctrinas humanizadoras como el socialismo, fueron organizándose para combatir las causas de su exclusión. Cuando el combate llegó hasta el punto de tomar las instituciones estatales por medio de la democracia, muchos de los adalides del demo-liberalismo no tuvieron mayor problema en metamorfosearse en fascistas, irracionalistas y demás reaccionarios. Se les venció, en efecto, y se tomó nota de los desmanes cometidos, elevando en la segunda posguerra hasta un ámbito intangible los derechos individuales y sociales, precisamente por inspiración del movimiento socialista. Hoy, que se olvida este relato, y que no existe un polo geoestratégico que lo defienda por la fuerza, retornamos de nuevo a la barbarie del liberalismo capitalista.

Provincianismo. Pero es que lo peor del discurso liberal, desde Smith hasta Lassalle, es su ombliguismo provinciano, su paletismo nacionalista. ¿Es que acaso el capitalismo lleva dos siglos funcionando sin producir miseria en derredor? ¿Es que nada significa el colonialismo? ¿Es que seguiremos pretendiendo pensar universalmente teniendo en cuenta solamente las realidades de nuestro patio particular occidental?

Menos mal que es un tipo sincero y advierte preocupado que las críticas pueden hacer que se desvanezca 'el relato' legitimador del capitalismo financiero. De eso se trata, estimado Lassalle, de despertar del sueño, como invitaba hace poco Zizek también en El País.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena la referencia al colonialismo. La economía no se puede interpretar a nivel nacional sino teniendo en cuenta que cualquier acción tiene repercusión global. Decías en tu anterior post que los postulados del capitalismo no son universalizables porque ello conduce a la descomposición social. También conduce a la descomposición del planeta. Salut! A.

Dick Turpin dijo...

Muchas gracias por tu comentario Alfons. En perspectiva histórica hay que recordar, efectivamente, el colonialismo, y en la actualidad hay que tener muy presentes las condiciones de producción de nuestro aparente confort, antes de proclamarlo como un éxito universal y civilizador, algo que, como sabes, está por completo ausente del discurso liberal. Un abrazo