sábado, 16 de enero de 2010

Pablo Ordaz

Hoy me acuesto tarde. Estoy en uno de esos fines de semana de Rodríguez a los que doy un contenido eminentemente cultural. Aprovecho para ver cine y leer literatura y filosofía, dando al entretenimiento ritmo de jazz y bossa nova y acompañando la cosa con alguna copa de buen vino e incluso con algún vaso nocturno de whisky. En esta ocasión he visto El caso Winslow, buena cinta jurídica para entender la Inglaterra de principios del siglo XX, y la dramática Estación central de Brasil. Y en cuanto a los textos, me he deleitado, como siempre, con un par de conferencias de Theodor Adorno y he devorado, en plan homenaje, El estado de sitio de Camus.

Ya me marchaba a la cama cuando, antes de apagar el ordenador, leo en la cabecera de El País: Haití ya no existe, impactante titular suscrito por Pablo Ordaz. Leerlo me ha hecho recordar el supremacismo, la supina incomprensión, la altivez y la ceguera con las que este corresponsal contempla la realidad de Centroamérica. Sus anteojos europeos, que confunden y fusionan Estado y sociedad, que no conciben una masa de hombres sin orden institucional ni autoridades, sin un compás político de moderación, racionalidad instrumental y productividad, le impiden ver que Haití, aun castigado y humillado, sigue ahí, tratando a la desesperada de sobrevivir, e imagino que preguntándose, como todos lo hacemos en estos días, por qué la solidaridad no podría ser preventiva, por qué no podría activarse con la misma intensidad para apartar las causas de los desastres que para paliar sus deplorables efectos.

He recordado así unas líneas que dediqué a Pablo Ordaz en uno de los artículos que escribí para un dominical salvadoreño. Daban pie a ellas un texto anterior sobre las elecciones de aquel país. Ahí van, con retraso pero con cierta actualidad, visto el titular de Ordaz, ambos artículos.


Elecciones (marzo 2009)

Aquí como allá, estamos viviendo un marzo electoral. Por estos lares se decidían los gobiernos de dos regiones históricas: Galicia y el País Vasco. Los resultados han devuelto la presidencia gallega al partido conservador y han arrebatado la mayoría absoluta al nacionalismo vasco, que probablemente será desalojado del poder, después de más de veinte años gobernando. Su líder, Juan José Ibarretxe, ya ha advertido a sus adversarios que su partido seguirá “dirigiendo Euskadi sea desde donde sea”.

Ocupados los titulares con nuestras elecciones, todo anunciaba que el espacio dedicado a los comicios salvadoreños iba a ser ínfimo. Hasta un conocido humorista, Berto Romero, parodiaba la pasada semana en su late show la irrelevancia para los españoles de tan decisivas elecciones. Sin embargo, no han pasado en absoluto desapercibidas. Antes al contrario: desde la jornada del sábado 14 hemos asistido a un considerable despliegue mediático, con informaciones puntuales en cada telediario y con enviados especiales de los principales periódicos.


Ha sido también ocasión para conocer El Salvador. Nos ha sido presentado como “el país más pobre de Centroamérica”, con apenas infraestructuras sanitarias y desangrado por la violencia de “las maras”. Ahora bien, aunque todos coincidían en transmitir estas penosas circunstancias, ningún periodista se tomó el trabajo de contar las propuestas de los candidatos para resolverlas.


La campaña aparecía como una confrontación despiadada. De las intervenciones del Frente, se han destacado su desbordante, ingenuo optimismo y las continuas insinuaciones de fraude. Más se ha escrito sobre la campaña de ARENA, volcada por lo visto, no en defender un programa de gobierno, sino en apelar a las emociones, sembrando el miedo ante un comunismo inexistente.


Han interesado también los candidatos. Sergio Rodríguez, enviado de Público, subrayaba la pertenencia juvenil de Rodrigo Ávila a grupos paramilitares y su “prolífica trayectoria en el sector privado”. Manuel Cascante, de ABC, recordaba el liderazgo de Ávila sobre todas las fuerzas conservadoras salvadoreñas, y Pablo Ordaz, de El País, lo caracterizaba como “un religioso a carta cabal” sin dotes de hombre público: “ante un micrófono, se atora, suda, se trabuca, naufraga”. A Mauricio Funes se le ha reconocido su compromiso con la independencia cuando ejercía como periodista. Pero no todo han sido elogios: mientras que ABC nos daba a conocer sospechosas donaciones millonarias de las que había sido beneficiario, Ordaz lo retrataba como un títere de “los viejos comandantes”.


El acontecimiento se ha visto, en definitiva, como “un hecho histórico”, tal y como lo define Jacobo García en El Mundo, como una celebración de la democracia, a la que el primero en sumarse ha sido Ávila reconociendo cívicamente su derrota. Ahora muchos aguardan que el líder de ARENA no emule a nuestro dirigente vasco afirmando que su partido controlará El Salvador “sea desde donde sea”.



Ordaz (abril 2009)

Tal y como llegaron se fueron. Las noticias acerca de la vida política salvadoreña invadieron de pronto los titulares españoles, para marcharse poco después de la resaca electoral. Son las cosas de la sociedad del espectáculo, necesitada de efímera, obsolescente actualidad para que la marcha no se detenga. Las actitudes periodísticas exhibidas frente a la coyuntura histórica de El Salvador han oscilado entre la abierta simpatía hacia alguno de los candidatos por razones de afinidad ideológica y la neutralidad de quien levanta acta de un hecho aséptico sin connotaciones morales. Ha habido también alguna otra intervención informativa reveladora, a mi entender, de una reluctante disposición del hombre occidental respecto de las realidades sociopolíticas latinoamericanas. Me refiero a la suscrita por Pablo Ordaz, corresponsal de El País, el diario más leído por estos lares.


En su presentación de Mauricio Funes -«el candidato de la extrema izquierda»-, Ordaz se lamentaba de que el espectro político salvadoreño se caracterice por «su rechazo a los colores intermedios». Al parecer, todos los políticos moderados «han terminado cansándose y marchándose, acusados de traidores o cosas peores». Y, a pesar de que el mismo Funes asegurase que su propósito es conquistar una «gobernabilidad democrática», el periodista español no dejaba de encontrar tras «su cuidada imagen de intelectual moderado» al «candidato de un partido donde los viejos comandantes guerrilleros siguen teniendo mando en plaza» (El País, 17-III-09).


Por decirlo sin rodeos: la receta del citado corresponsal para El Salvador parece ser el bipartidismo centrista vigente en España e importado de la tradición anglosajona. Me refiero a un estilo de gobierno basado en el acuerdo sellado entre los dos partidos mayoritarios para no alterar determinadas instituciones consideradas fundamentales. Una forma de hacer política caracterizada, en consecuencia, por sustraer del debate público ciertas realidades, principalmente económicas. Es decir, una política despolitizada, concentrada en la gestualidad, la imagen y la retórica más que en la canalización pacífica de conflictos de intereses, culturales o económicos. El problema radica en que, de modo implícito, Ordaz deduce rasgos de civilización en este sistema occidental, mientras que tácitamente repudia, como signo de atraso cultural, la radicalización del discurso político salvadoreño.


Pero, ¿expresan mejor el espíritu de la democracia los inocuos enfrentamientos televisivos entre los líderes españoles que la controversia partidaria salvadoreña, donde se decide el destino del país? Me pregunto además si Ordaz se ha molestado en relacionar el carácter radical y polarizado de la realidad social salvadoreña con el tono empleado por sus políticos. Acaso reparase en su simplismo cuando el mismo Funes, en una entrevista, le recordaba que «la polarización política es el reflejo de la polarización social y económica que vive El Salvador».

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Pablo, ¿has estado hace poco en Juchitán (México) para escribi sobre los muxes? Soy una profesora española que trabajo sobre sexualidad ind´gena, tengo un libro, si quieres te lo envío, por si te ayda. Yo he estado varias veces en Juchitán. Ya me cuentasd. Me gustan tus crónicas de centroamérica y méxico en El País. Mi mail es aguedago@hotmail.com

Dick Turpin dijo...

Me temo que has puesto tu comentario en el blog de alguien que, al contrario de lo que a ti te sucede, no le gustan en exceso las crónicas del pijo progresista y supremacista que es Ordaz

Anónimo dijo...

El comentario lo hago a raíz de un reportaje sobre las elecciones en Venezuela el pasado 26 de Septiembre y en el que Pablo Ordaz escribió en El País sobre la conferencia de Chávez. Buscando referencias sobre Pablo Ordaz encontré este blog y me parece que debo expresarme sobre este periodista. Yo vi la conferencia de prensa y me pareció que Chávez estuvo a la altura de un político capaz y respondió en forma clara. Pablo Ordaz, por su parte, ve el mundo al revés y tergiversa, en el artículo mencionado, lo que Chávez dijo. Es increíble lo que este tipo de plumíferos (con el perdón hacia tu blog por ocupar estos adjetivos en contra de un periodista) hace con su pluma. Es un buen ejemplo de pluma prostituida. Y, para rematar, al leer la entrada de tu blog, leo que Ordaz llamó a Funes, actual presidente de El Salvador, un títere del FMLN, lo cual no es así, pues yo lo veo desde el mismo El Salvador y no será un tipo como este Ordaz quien me va a decir qué es lo que debo ver y cómo debo interpretarlo.

Jose dijo...

Pablo, porfavor deja de escribir comentarios tan negativos de México, qué te hemos hecho. Sabías que hay más muertes en Río de Janeiro que aquí. Según Jorge Castañeda, había más muertes en Washington DC que en Juárez. Checa datos, compara, nosotros vivimos del turismo. Yo sé que tú tienes que comer pero no es justo hacerlo a costa de quitarle el pan al sector turístico mexicano