miércoles, 14 de octubre de 2009

Debate con Non Sola Scripta sobre los intelectuales, el capitalismo y el Estado del bienestar

Si ayer colgaba el diálogo mantenido en la red sobre el mercado, hoy transcribo un debate con el mismo autor y casi sucesivo en el tiempo acerca de los intelectuales, el capitalismo y el Estado del bienestar. En esta ocasión, el post que suscitaba la polémica trataba de un hábil artículo de Robert Nozick sobre los motivos del supuesto resentimiento de los intelectuales con el sistema capitalista. A los contenidos del artículo respondían dos blogueros, deduzco que profesores de historia, llamados Cayetano y Javier, interpretando el primero, con visible candidez, que la cantidad de intelectuales críticos con el capitalismo es un buen índice para apreciar la irracionalidad de éste, y replicando el segundo que es natural dicho resentimiento desde el punto y hora en que la industria cultural, más que cultura, mercadea y difunde bienes de consumo sin densidad intelectual y, por si fuera poco, arrincona a las disciplinas humanísticas desprovistas de valor utilitario. Y ahí arrancó el debate, que me permito editar en algunos puntos que se fueron dejando en el camino:

NSS

Nótese lo extraño de la argumentación: el mercado (o "sociedad capitalista") tiene poco que ofrecer a los intelectuales de peso, dado que sólo le interesa lo que vende mucho. Pero resulta que el mercado es, simple y llanamente, la gente. Si a la gente no le interesa un autor, ¿qué debemos hacer? Declararlo, desde nuestro criterio particular, valioso y, acto seguido, subvencionar sus creaciones?

No se nos debe olvidar esto: el mercado no es ninguna entidad, es el término abstracto con el que nos referimos a lo que la gente intercambia. La argumentación vendría a ser, pues, la siguiente: los intelectuales (buenos) desprecian a la gente porque ésta, en su mayoría, no los aprecia.
Por otro lado, qué poca confianza en la gente (¿asoma aquí, quizás, el llamado por los liberales "miedo a la libertad"?). No creo yo que los autores sobre los que hay bastante consenso en su valía hayan hecho sus fortunas con subvenciones; más bien creo que García Márquez, Rorty o Chomsky, vendieron muchos libros. Incluso fuera de Cuba.


Javier

Primeramente creo que muchos intelectuales son críticos con el capitalismo por convicciones propias. Cuando digo que el capitalismo tiene poco que ofrecerles es porque el mercado tiende a primar los conocimientos prácticos y rapidamente aplicables que reporten ganancias por encima de los teóricos y especulativos.

Por otra parte, algunas de las afirmaciones de Nozik son curiosas. Por ejemplo dice que a diferencia de los intelectuales los empresarios no echan la culpa al mercado de sus fracasos. Ignoro de que lugar es Nozik, pero en lo que conozco siempre le echan la culpa: a los bancos que no prestan dinero, al Estado que no dá ayudas, a los trabajadores que ganan mucho, y se agrupan en asociaciones para presionar en su beneficio.

También me llama la atención que diga Nozik que los intelectuales quisieran que la forma de promoción en la sociedad fuera como en la escuela, donde no prima ni la intrepidez, ni la valentía. Esto además de ser un ataque injustificabe al valor del esfuerzo personal, nos dá pie a observar algunos de los ejemplos de promoción en la sociedad capitalista de nuestros días, pienso en Paco "el pocero", sin duda persona intrépida y valiente y que en su momento seguro que supo arriesgar y jugar fuerte para labrarse su ascenso y ni siquiera tuvo que pasar por el Instituto.

Quizás es que los intelectuales, creen que la sociedad puede tener otros modelos y aspirar a otros valores que los que ofrece el mercado.


DT

El artículo extractado reproduce postulados discutibles: aunque históricamente tengan relación, la libertad de crítica que canaliza la labor intelectual no es inescindible del capitalismo, como tampoco las sociedades socialistas, por muy aberrantes que resultasen, eran ajenas a la meritocracia y a la promoción, si ésta no se identifica con la acumulación de capital. También es una generalización discutible el que en la esfera intelectual prime casi en exclusiva la promoción por los méritos como en la escuela. Mediada como está por las otras esferas, entre ellas la económica o la política, no siempre y ni siquiera con frecuencia se distingue el mundo de quienes producen cultura por la economía del mérito.

Pero es que además niego la mayor: precisamente por esa mediación de la esfera económica, yo lo que encuentro es una complacencia masiva de los intelectuales con el capitalismo. En ese sentido, Nozick emplea un concepto anticuado de intelectual, como representante de la razón frente a un mundo irracional. Hace ya tiempo que se acuñó la figura del intelectual orgánico o de criadero, especie que hoy abunda.

Aunque el buen Cayetano estime lo contrario, sólo hay que abrir la prensa, escuchar la radio, leer ensayos o ver la tele para apreciar que, a diferencia de en los años setenta u ochenta, la abrumadora mayoría de los intelectuales, ya sean de procedencia social-liberal o liberal-conservadora, están encantados con el capitalismo, hasta el punto de que consideran aberrante o ilusa cualquier alternativa.

El motivo de la inflexión es meridiano: posiblemente la Francia o la Alemania de los intelectuales anticapitalistas fuese una consecuencia occidental de la ordenación económica oriental, mientras que después de 1989, el campo de los intelectuales se ha reestructurado y adaptado a las nuevas reglas para poder continuar reproduciéndose. En este punto Bourdieu resulta esclarecedor: la difusión masiva de la doctrina neoliberal, más que a su racionalidad interna, obedece a todo el aparato material que la sustenta y hace posible.

Y con eso llegamos a las respuestas de NSS a Javier. Desde luego, no se le puede reprochar que no razone con lucidez y cartesianismo. Lo que ocurre es que a fuerza de simplificar se desdibuja la realidad y se da de ella un retrato sesgado e interesado.

El mercado es la gente intercambiando mercancías fruto de su trabajo y su emprendimiento, viene a decir en su réplica. El mercado, por el contrario, es también la guerra en el Congo por el coltán, ha sido y sigue siendo colonialismo, es hoy fundamentalmente especulación sin intercambio de bienes y servicios, es, junto a una demanda que determina la oferta, una oferta que intenta construir con medios de presión una demanda que la haga viable, y es, por supuesto, una realidad en la que los miembros de eso que define como gente no se hallan previamente en pie de igualdad sino en situaciones de objetiva desigualdad (cultural y económica).

Dos son los rasgos subyacentes a esa representación amable y falsa del mercado. El primero es un notorio anacronismo: el discurso economicista no ha salido de las categorías deciochescas construidas, claro, para un mundo principalmente de artesanos, pequeños productores y comerciantes y profesionales libres que no predomina en la actualidad. Y tales parámetros anticuados no es que no sirvan para explicar el mundo económico actual, es que su función expresa es ocultarlo.

El segundo motivo es algo más teórico. A fines del XIX hubo una revuelta contra los historicistas que dominaban las escuelas de economía. El giro que se experimentó por entonces, imprimido brillantemente por Weber, se saldó con una formalización del discurso económico. La economía, para ser ciencia, había de ser capaz de pronosticar más que de denunciar moralmente, como hacían los historicistas. Por lo tanto, tenía que encontrar leyes formales que, aun sin ajustarse a la realidad empírica debido principalmente a su abstracción, fuesen capaces de predecir los acontecimientos futuros y orientar la acción de los políticos. Pues bien, esa imagen formalizada del mercado, que Weber no cesaba de decir que no podía suplantar a la realidad ni ejercer de utopía, ha pasado de ser un instrumento de la ciencia a una presunta descripción de la realidad.

En ese sentido, Javier tiene toda la razón al mostrar sus suspicacias frente a las estrategias de la industria cultural. En la medida en que la oferta crea su propia demanda -y buenos medios que tiene para ello-, resulta ingenuo, o malévolo, negar que existen productos culturales prácticamente impuestos por las corporaciones. (Una curiosa variante capitalista de la planificación)

La réplica de NSS podría ser la siguiente: el individuo es libre para, por mucha presión a la que le sometan, negarse a consumir tal o cual cosa. Utilizaría de nuevo el concepto sin mediaciones, puro, y por tanto inexistente, de libertad tan caro al liberalismo. Ni existe el consumidor perfecto (como tampoco el dialogante perfecto de Habermas), pues no se cuenta con los recursos e informaciones para tomar la decisión más racional, ni tampoco la libertad es una premisa, sino más bien un resultado y una conquista.

Resultado y conquista que sólo son asequibles cuando las necesidades más elementales (del alimento a la vivienda, de la formación a la salud, de la autonomía financiera a los derechos fundamentales) están satisfechas. Y como esto no ha sido capaz el capitalismo de conseguirlo siquiera por asomo (el Estado social no es desde luego su creación, sino su rectificación frente al peligro comunista tras una dramática guerra), sino que más bien hace muestras permanentes de negarse a ello, he ahí la razón fundamental por la que yo sí soy crítico con sus postulados.


NSS

Se mezclan las cuestiones de si el liberalismo es justo y la originaria de por qué los intelectuales son mayoritariamente anticapitalistas. El mercado, para funcionar bien, es decir, dándole a la gente la libertad de elegir sus transacciones y no ser estafada, debe hallarse en un marco regulatorio fuerte. Yo no tengo miedo en ese sentido a la regulación, es más, la exijo. El ejemplo del Congo, por ejemplo, es el caso de lo que sucede cuando se vive en la anarquía; bandas asesinando por arrebatar minas y materiales, legislación laboral inexistente, tráfico y trapicheo de todo tipo. Sujetos adultos y bien informados (hay, ya, educación obligatoria hasta los 16 años) escogerán de acuerdo con sus preferencias (racionales o caprichosas, a mí eso me es indiferente).

Habrá siempre imperfecciones en el mercado, claro, como que el ser humano no es perfecto; pero no veo dónde nadie debe estafar a nadie. ¿Se genera una demanda artificial? Ése es el arte de la mecadotecnia, ¿y? Ya decía Sócrates, ante los tenderetes de los mercaderes: "Hay que ver cuántas cosas hay que no se necesitan".

No he defendido la teoría de Nozick, dije que me parece muy original y que llevo años reflexionando sobre ella. La idea intuitiva de todos es que, como dice Javier, los intelectuales son anticapitalistas "por convicciones". La idea sería algo así como: dado que hablamos de la gente menos materialista de entre los humanos, es normal que no les complazca un sistema mercantilista y materialista por definición. Nozick introduce otra reflexión, y me parece que tiene visos de ser correcta, al menos en parte. DT no acepta la mayor, y entonces el resto de argumentación sobra. Yo sí la acepto, váyase a una facultad de humanidades y a una de ciencias, a un departamento de educación secundaria de humanidades y a uno científico; creo que la estadística arrojaría un ánimo anticapitalista entre los de corte humanísitico. Y Nozick no invita a cambiar el sistema de calificaciones de las instituciones educativas, sólo señala que resulta inevitable que con ese sistema se genere, entre los mejores, una actitud anticapitalista. Por cierto, en 1997, De Jouvenel publicó unas reflexiones similares a las de Nozick. Decía Jouvenel: "Puesto que la misión del intelectual es hacer comprender a la gente que son verdaderas y buenas ciertas cosas que antes no reconocía como tales, encuentra una fortísima resistencia a la venta de su propio producto y trabaja con pérdidas".

Donde sí discrepo profundamente, para terminar, es en que las conquistas del Estado de Bienestar, o algo similar, se realizaron por rectificación de los liberales ante el peligro comunista. Puede ser como miedo de partidos aún de notables ante revueltas obreras, pero, en todo caso, es Bismarck quien instala en Europa el sistema de subsidios, educación y sanidad más adelantado de toda Europa.

Y, por cierto, mi realismo científico no puede aceptar una diferenciación weberiana entre un modelo o teoría para conocer la realidad y la realidad misma. Si la teoría funciona, es un indicativo de que es verdadera (aunque puede no serlo aunque haya funcionado hasta ahora), y si es verdadera, es que describe la realidad. Me comprometo aquí con una teoría de la correspondencia: si una oración es verdadera, es que la realidad es como ésta describe. Lo demás es un instrumentalismo inaceptable.


DT

Bueno, me alegro de debatir con un liberal empedernido, para que sea muestra del contraste entre dos tipos contrapuestos de discurrir. Respondo a tu manera, enumerando cuestiones:

1) No hay mezcla de asuntos alguna. Hay sencillamente dos asuntos separados. El primero, el que trata del artículo de Nozick; el segundo, el que trata sobre el concepto de mercado con el que, en un típico gesto liberal (¿miedo a la libertad?; el mercado es inocente, etc.), respondías a Javier.

2) Sobre el primero, o bien estamos empleando un concepto excesivamente laxo de intelectual, que comprende hasta al último profe de instituto de filosofía, o bien erramos el diagnóstico, que es lo que sostengo. Y a lo mejor me equivoco, pero por lo que he podido aprender sobre el particular (Bauman, Said y otros tantos que han reflexionado sobre el intelectual) creo que el concepto de éste es algo más estricto y exige mayor poder de conformación de la opinión pública que el que ostenta un profe de secundaria.

3) En relación también al artículo, quizá transmitas una contraposición demasiado simplista entre el intelectual que trabaja con ideas y por tanto es idealista versus el científico que trabaja con probetas y por tanto es realista. No digo que no pueda existir esta tendencia, lo que acaso sí haya que puntualizar es que se puede ser intelectual y profundamente materialista, ejemplo que fue abundante en los ochenta y que, oh casualidad, coincidía con la mayor militancia anticapitalista de la intelectualidad (con visibilidad pública)

Y continuemos ahora con el asunto del mercado, sobre el que planteas en tu respuesta tres puntos si no leo mal: el tema de la regulación, la problemática del Estado social y el asunto de cómo conocer el mercado científicamente.

1) Sobre lo primero, como sabes, poco tengo que añadir. El mercado no sólo es inseparable de la legislación, sino que es un producto en buena parte de ésta. ¿Qué sería del mercado libre sin los decretos y leyes que desvincularon la propiedad y la hicieron individual e intercambiable? La regulación es imprescindible, como dices, para dotarlo de seguridad, sin la cual no marcha, y también es conveniente para aplacar sus consecuencias nocivas (tanto en seres humanos como en la naturaleza). ¿Pero ha de ser la legislación sólo una prolongación del mercado? Probablemente para alguien que reduzca al hombre a su dimensión económica, sí, pues lo restante pertenece en su mayor parte a la órbita de la moral, la religión, la familia y los usos sociales. Para quienes por el contrario creemos que el interés no se reduce a una necesidad económica, no, pues sostenemos que el deseo también implica una pulsión por transformar la sociedad, un anhelo de justicia.

2) El Estado social de Bismarck. Sobre esto, estimado amigo, podríamos discutir largo y tendido, porque confieso que es asunto de mi trabajo como investigador. Le apunto sólo cuatro matices, que quizá le ayuden a distinguir entre aquel modelo y el del Welfare State: en primer lugar, la extensión era diversa, pues aunque incluyese seguros (por accidente, por enfermedad, etc.) y pensiones, no llegaba, como ud. dice, a asegurar el derecho a la salud y a la educación; en segundo lugar, era en buena proporción la estatalización de la beneficencia, de modo que funcionaba mayormente con capital privado o sociedades de cooperación, incluyendo en no pocas ocasiones el deber de devolución de las prestaciones recibidas; en tercer lugar, era un modelo indisociable, no ya de la conjura del peligro socialista, que también, sino del control social del movimiento obrero y de los focos de pobreza y marginalidad; y en cuarto y más importante lugar, era un modelo diseñado, impulsado y aplicado por el gobierno, es decir, por el poder ejecutivo (a veces por el ministerio de gobernación, el encargado de la policía), con lo que ello conllevaba de discrecionalidad y de falta de tutela judicial, mientras que el Welfare State es un modelo que desarrolla derechos sociales de rango constitucional y que implican la participación del trabajador en la fijación de las condiciones laborales.

3) Estoy de acuerdo en que lo de Weber es razón instrumental, pero, hasta donde alcanzo a conocer, esa es la genealogía del saber económico reciente. El gesto es claramente kantiano: como la realidad en sí es incognoscible, lo que importa es un método capaz de hacernos llegar a resultados satisfactorios. Y desde luego que fue capaz, lo que ocurre es que, al intentar reducir a leyes abstractas lo que está compuesto de voluntad y azar, la economía como ciencia no deja de fallar, de necesitar teorías ad hoc, añadidos, agregados y alteraciones, como ocurrió en la crisis de los setenta u como ocurre ahora. Pero mi puntualización quería solo ponerle de relieve que su concepto de mercado, abstracto, formal e irreal, tiene esos antecedentes y desde luego no se identifica con una teoría que describa la realidad tal cual es, al no comprender fenómenos como los del Congo.

Y es que, en su análisis de esa problemática, extensible a otros campos del intercambio mercantil, se hace plausible hasta que punto es es reducido e inservible su concepto del mercado como gente intercambiando bienes en armonía y libertad. Lo del Congo no es un asunto que tenga que ver con la anarquía de un Estado que no sabe gestionar sus cosas. Antes al contrario, desde su misma entidad como Estado hasta la extracción del coltán para bienes de consumo en Occidente, lo que allí sucede no se comprende sin la actividad de los países desarrollados.

Si usted cree que lo que allí, como en tantos otros sitios, ocurre pasa con independencia del mercado, entonces creo humildemente que se equivoca; si por el contrario piensa que tanto allí como en tantos otros lugares explotados por empresas radicadas en países 'desarrollados' habría que extender una regulación que garantizase la seguridad jurídica, derechos laborales y prestaciones sociales, entonces estoy de acuerdo con usted, pero sepa que de ese modo se cargaría el capitalismo tal y como está instituido y se opondría frontalmente a un sistema que en apariencia glorifica.


NSS

¿Liberal empedernido? Podría serlo, desde luego, pero me temo que ahí sí caemos en el simplismo. Yo, desde luego, no me definiría así. En todo caso, al catalogarme a mí de tal y añadir que así se produce el contraste entre dos maneras contrapuestas de discurrir, ¿debo inferir que hablo con un "socialista empedernido"? En fin, ¿qué importan las etiquetas, verdad?

Yo no sé lo que piensa "hasta el último profe de filosofía de instituto", pero estoy contigo en que Nozick sí emplea el término en un sentido excesivamente laxo. (O excesivamente restrictivo, en el artículo da la impresión de que habla de docentes secundarios y universitarios, de ahí ese comentario mío). Yo no comulgo del todo con la idea de Nozick; insisto en que la califiqué de teoría original, y me parece, también, atrevida, ¿cuánto de verdad tiene? Pues este debate me está ayudando a pensar sobre ello.

¿Intelectuales materialistas? Por supuesto, una larga lista de nombres en la historia, desde el S. XVIII especialmente. ¿Justo los cientificistas, por decirlo así, eran anticapitalistas? Bueno, el marxismo, de hecho, se reclama materialista científico. Con todo, respecto a esta estricta catalogación que a todos nos puede tentar, le aconsejaría que, como decía Ortega, no utilizara redes de antaño para pescar peces de hogaño. Continúe rebatiéndome; a mí o a mis entradas.


DT

Hombre, la verdad es que, tanto por sus autoridades (Rodríguez Braun, Nozick, Jouvenel...) como por sus ideas, creo que de forma laxa puede identificársele bajo la etiqueta de liberal, así como a mí puede identificárseme como socialista si evitamos la deriva comunista y si añadimos como componente fundamental la democracia. Y, claro, cuando hablo de socialismo democrático no me refiero ni por asomo al social-liberalismo en que ha devenido la socialdemocracia europea, como tampoco al comunismo; me refiero, por tanto, a un espacio que en España, desde el punto de vista parlamentario o partidario, carece de voz propia, por desgracia.


NSS

Muy interesante lo que apunta sobre el Estado en época de Bismarck, Dick, espero que lo continúes desarrollando.

Respecto a mi etiqueta (aunque esto es lo que menos interesa aquí, a uno puede inquietarlo), continúas hablando del "sistema que glorifico" (capitalismo) o de mis autoridades e ideas. Bueno, no tengo autoridades y mis lecturas son variadas, aunque entiendo que he dado pie a ello por las que he introducido hasta ahora. Insisto en que comparto la premisa básica de Marx: el sistema de mercado nace con la mácula de que muchos sujetos sólo disponen de su fuerza de trabajo para subsistir y, desde ese momento, quedan en manos de los propietarios de los medios de producción (digamos hoy, mejor, empresas). Creo que si se me aplica a mí, partidario de una sanidad y educación públicas, una cierta redistribución de la riqueza y una regulación tan fuerte como haga falta, la etiqueta de liberal, ésta queda vacía de contenido.

Pero, por otro lado, creo que lo que sucedió en el mundo con el socialismo, o sigue sucediendo, obliga a extraer unas conclusiones de tipo económico, político y, si me apuran, incluso filósofico y antropológico, que mucha gente, aún, se resiste a extraer. ¿Y qué decir de Suecia? El ejemplo de que debemos anteponer lo posible a lo bello: el Welfare State, en su tendencia a la hipertrofia, acaba desmoronándose.

Tras ver lo que en el mundo ha supuesto el socialismo, soy de los que no entiendo cómo se puede aplicar de forma peyorativa el calificativo de liberal y, no obstante, que el de socialista mantenga su aura de excelencia moral.

Confieso no entender a qué se refiere con un socialismo sin deriva comunista, añadiendo la democracia, pero lejos del social-liberalismo. Confío en que se explique.


DT

Lo de seguir desarrollando asuntos como la historia de las políticas sociales lo dejo para mi labor profesional. Y lo de explicarme, lo hago encantando con la máxima brevedad. Si por sistema liberal y capitalista entendemos el que se practica en la Europa y Norteamérica decimonónicas y en el s. XX, creo entonces que estamos ante un modelo con las manos bien manchadas de sangre, tanto por la exclusión que practicaba en la política interior como por la opresión -incluidos campos de concentración- que ejercía en su política exterior colonialista. Por eso, por su vecindad con dictaduras y prácticas genocidas y por su continuada propensión a dar prioridad a los derechos patrimoniales sobre las libertades personales, por eso, digo, están más que fundamentadas las suspicacias frente a ese liberalismo tan enemigo de la libertad (de todos).

No social-liberal porque entiendo que la tercera vía de González, Blair, Giddens, etc. no es socialismo sino liberalismo atemperado con medidas paliativas. No comunista porque, junto a la desastrosa, genocida y totalitaria experiencia de los sistemas comunistas, creo indispensables el pluralismo político, cultural e ideológico y la iniciativa privada, dos bienes valiosos que los comunistas suelen negar. Socialista principalmente por aquello de Oscar Wilde: sólo con las necesidades básicas resueltas puede germinar y florecer el individuo. Y eso implica sustraer a las reglas del mercado determinados campos productivos. Y demócrata radical (y constitucional) porque creo en la soberanía popular (limitada por los derechos), la cual sólo puede manifestarse en un entorno de homogeneidad económica real, donde no exista una concentración tal de poder social que sea capaz de condicionar y subyugar a la mayoría restante de la sociedad.


NSS

Lamento no poder enterarme, vía blog, de más detalles sobre el Estado bismarckiano.

Sí, supongo que el problema de sintetizar toda una ideología es que el resultado suena, inevitablemente, simple. Así planteado, se trata de Estado del Bienestar exacerbado o cuasi-socialismo. Como dije antes: el intento sueco. Testado, fracasado y desechado. Pero, ay, como en el 89, queda aún quien no se da por aludido. Lo digo porque hay democracia constitucional, derechos básicos y propiedad privada. Eso sí, sin "homogeneidad económica", un eufemismo para referirse a una enorme presión fiscal sobre las rentas más altas. Nada nuevo bajo el sol.


DT

Bueno, disculpe que no me ponga en estos ratos libres a dar cuenta detallada de lo que escribo por otro lado, aunque creo que lo que le he indicado bien vale para que al menos se replantee ese juicio tan rotundo que planteaba en su respuesta.

Tampoco creo que pueda dar más de sí la presentación de credenciales ideológicas en un debate virtual. Al menos lo he intentado, y siento si le parece simple. Lo que me cuesta comprender es eso de 'testado, fracasado y desechado'. Si se aplicase sus propias recetas, habría de saber que el centralismo excluyente del mercado también está más que testado y fracasado en nuestra historia, como han vuelto por cierto a poner de relieve los últimos acontecimientos. Además, ¿cuáles son sus criterios para determinar con tal rotundidad unilateral el fracaso del Estado del bienestar? ¿criterios de eficiencia técnica o de calidad de vida; criterios de rendimiento económico o de sostenibilidad? Además, ¿tan desechado y desaparecido está el modelo, cuando por mis últimas noticias, aunque acorralado, sigue practicándose hasta más allá de Suecia?

Y no se trata de una presión bestial sobre las rentas más altas, sino sencillamente de la imposibilitación (si cabe la palabrota) de que existan dichas rentas. Ya sabe, ningún rico es inocente.

Por otro lado, no deja de escamarme el que sistemáticamente eluda las respuestas a las cuestiones más sensibles: si tan despiadado, radical y descerebrado le parece apoyar el modelo, ya sepultado por la historia, del Estado del bienestar (que parecía defender en una respuesta anterior), por qué piensa que hay razones para apoyar otro que cuenta con evidencias permanentes, históricas y actuales, que no sólo desmienten su propio relato legitimador (iniciativa individual, espontaneidad social, oferta y demanda etc.), sino que demuestran su práctica inviabilidad, pues es incapaz de universalizar bienes elementales y tiene además el coste de la servidumbre y, con más frecuencia de la deseada, de la muerte de personas (algo, por cierto, que no puede achacársele a la lógica del Estado del bienestar)

Ya le digo, exíjase a sí mismo esas salidas de la caverna que requiere con energía a los demás, porque lecciones históricas para demostrar el fiasco liberal hay en abundancia, y seguirá habiéndolas.


NSS

Parece que nos hemos quedado como únicos contertulios, Dick.

En primer lugar, no veas ni sombra de reproche, ironía ni nada similar en mi lamento acerca de que no desarrolles tu apunte sobre la política social de Bismarck. Está claro que una revista especializada es el lugar natural a donde enviar nuestros artículos, no a los comentarios de un blog. Te digo, con toda la honradez intelecutal, que mis investigaciones acerca de la historia de Alemania no me han llevado a esa cuestión, así que dejaré en suspenso, hasta cerciorarme, mi afirmación acerca del estado bismarckiano como "desarrollado estado social".

Y aplico lo mismo a tu intento de sintetizar complicadas ideas en un mero comentario cibernético. Te agradezco el esfuerzo y continúo reflexionando y aprendiendo.

En cualquier caso, me interesa la cuestión: ¿qué significa Estado del Bienestar? He hablado del caso de Suecia como Estado del Bienestar hipertrofiado. Ése, con sus bien concretas características de pseudo-socialismo, lo repudio. ¿Algún país sigue el modelo sueco y resulta viable? Póngaseme un ejemplo.

Defender el Estado del Bienestar o el liberal estado mínimo ha quedado, a mi parecer, hueco, dado que, inmediatamente, se plantea la pregunta, ¿hasta dónde llega el estado mínimo? Liberales decimonónicos los hubo que defendieron hasta la privatización del ejército, luego para ellos un ejército público ya sería estado excesivo. El sueco se mostró inviable. Piénsese, asimismo, en la famosa agenda 2010 de Schröder.

Parece que lo que más inquieta es que no hable de la miseria y muertes que ha podido ocasionar el sistema de mercado libre. No tengo problemas en admitir que el libre mercado, sin más, genera grandes bolsas de desfavorecidos, explotados y, con la peor suerte, muertos. Pero, el colonialismo, por ejemplo, es una época en revisión; parece que los países occidentales invirtieron en las colonias bastante más de lo que extrajeron. A Gran Bretaña su imperio le salió por un pico. No está tan clara la idea del expolio. (Del Congo también hay mucho para hablar).

¿El libre mercado es incapaz de universalizar bienes elementales, dices? Hay que definir, primero, bienes elementales. Bien, no sería difícil ponernos de acuerdo sobre esta cuestión, aceptado, entonces sólo puedo añadir que el sistema de libre mercado que ha reinado en Occidente ha sido el que más lo ha conseguido. Bastante más, se me concederá, que las cartillas de racionamiento polacas o cubanas. Por supuesto, hablo de este libre mercado tan atenuado que hemos conocido que no sé yo si un auténtico liberal se sentirá satisfecho. Creo que no. El liberalismo, del tipo de Spencer, sólo se encuentra en los libros.

No sé si habré salido un poco de la caverna con este comentario. Un abrazo y, siempre, gracias por comentar aquí.

Y aquí acabó la cosa, para quien haya llegado hasta el final. Podía haber continuado, pues material digno de polémica había de sobra. Por ejemplo, esa manía liberal de atribuir al libre mercado la mejor asignación de los recursos como si los Estados actuales no estuvieran mediados por los cuatro costados por la lógica socialista y sus conquistas. Si hubiese que tratar del reparto del mercado libre, habría que irse al siglo XIX o que cuantificar los despojos del actual modelo norteamericano, si hablar del desastroso y costoso sistema de salud de allí no es ya incurrir en un prejuicioso antiamericanismo. Habría además que añadir que casi todo lo que consume hoy occidente está realizado en unas condiciones laborales la mayor parte de las ocasiones infrahumanas. Entonces, sólo entonces --es decir, sólo eliminando los residuos socialistas y ampliando el abanico hasta el mundo entero-- podríamos calibrar cuánto reparto de bienes elementales garantiza el mercado libre.

Y podría haberse continuado también con la idea de la revisión historiográfica del colonialismo. Como suele ocurrir, estas doctrinas revisionistas en realidad son regresiones a las mismas posiciones que sirvieron en el pasado para justificar la política colonial (o los golpes de Estado como el franquista). Pero aun concediendo que tal corriente pudiera contener algo de novedad o de solvencia intelectual, cosa que dudo, cabría todavía responder: ¿es que ahora vamos también a tener que analizar el imperialismo europeo con el análisis económico? Que a la Gran Bretaña le salió por un pico después de haber asesinado, expoliado, asimilado y humillado a comunidades enteras, ¿y qué más da? ¿quita eso un ápice de barbarismo a esas naciones que pomposamente declaraban los derechos del hombre de puertas para adentro?

Pero como los debates sirven sobre todo, más que para alterar las posiciones de partida, para evidenciar trayectorias mentales diversas, creí innecesario continuar, aunque aquí lo haya hecho un rato, pues pensé que éstas habían quedado suficientemente claras. Y con esa intención, con el propósito de contrastar los giros argumentales de un liberal y un socialista, subo ahora este debate tan extenso con un agradecimiento, cómo no, a sus participantes.

6 comentarios:

Non Sola Scripta dijo...

Te ha dado por decirme liberal. No me siento cómodo con esa etiqueta; no creo que se me pueda calificar así. Pero me continúa extrañando que haya tanta gente que lance ese calificativo como un dardo y le guarde respeto al de socialista. Supongo que por aquello de que en los estados socialistas pasó (y pasa) lo que pasó (y pasa), pero la intención era (es) buena.

Yo sí altero mis posiciones sin complejos ni traumas en los debates.

Las investigaciones a las que me refiero acerca del colonialismo son serias, nada de revisionismo polémico. Creo que es, como dato histórico, importante saber si los imperios extrajeron o gastaron dinero. Independientemente de todo lo demás.

He realizado un breve comentario en la entrada de abajo. Sobre el Estado de Bienestar. Por si a alguien le interesa. También he hablado, brevemente, en mi última entrada de la última teoría proteccionista; muy interesante porque parte, precisamente, del reconocimiento de las condiciones laborales en tantos países.

Un saludo.

Dick Turpin dijo...

Bueno, tampoco hay que exagerar las repugnancias. Creo que en muchas de tus reflexiones se refleja perfectamente el modo de pensar típico del liberalismo. Que existen particularidades y giros propios en tus propuestas, por supuesto, pero se trata de reconducir a un tipo general para aclararnos.

También aprecio cierta disonancia conceptual: creo que te refieres a lo que yo denomino comunismo -término, por cierto, polisémico, pues no es idéntico ser un comunista ruso que uno antifranquista- cuando hablas de estados socialistas.

Y creo que, muy al contrario de lo que sostienes, hoy está de moda, resulta bien visto, secundado y apoyado ser liberal, mientras que eres un apestado si eres socialista, y no hablemos ya de comunista. Yo no ceso de escuchar y leer a tipos que se vanaglorian de ser liberales, como si lo contrario fuese síntoma de irracionalidad, mientras que no percibo por ningún lado la visibilidad pública del socialismo democrático, y menos aún del comunismo, pues parece más o menos claro, salvo para algunos iluminados, que Stalin no era nada parecido a un gatito doméstico. Por tanto, no comparto eso que repites de la mácula asociada al liberalismo, cuando ésta -que existe, y es bien grande- se intenta tapar constantemente. Y vuelvo a insistirte: mientras que en nombre del Estado del bienestar no se ha masacrado a nadie, en nombre del libre mercado y contra la estatalización de bienes y ramos de la producción se han realizado golpes de estado, montado dictaduras y asesinado a gente en la misma plaza del pueblo. ¿No hay razones para que nos ponga en guardia la consideración del mercado como un ente inocente? Yo pienso que sí las hay, cuanto menos las mismas que las hay cuando se percibe la pulsión totalitaria del dogmatismo ultraizquierdista.

Y si hablamos del coste económico del colonialismo, tendríamos entonces que comenzar haciendo una distinción neta entre las Monarquías primero y los Estados después y las compañías comerciales encargadas de desplegar las prácticas coloniales, para identificar quién se arruinó. Pero, reitero, por mucho interés que tenga, el análisis económico nada puede decir, salvo reconocer su propia culpa, frente al horror humano, cultural, social y, si me apuras, también económico (si por economía no entendemos sólo la gestión de la producción y la distribución con parámetros occidentales de eficiencia, sino con otros parámetros culturales propios de las comunidades colonizadas, que también producían e intercambiaban) que supuso la experiencia colonial y sus ecos neocoloniales.

Y tu apunte de hoy en el blog es también, como casi siempre, excelente. Lo que ocurre es que en la exposición dejas un dato, de notable magnitud, de lado: la globalización no sólo se salda con el auge de nuevos países emergentes sin regulación laboral suficiente, sino con la consolidación de corporaciones con sede fiscal en países desarrollados que deslocalizan sus centros de producción para instalarse en dichos países. Salvo en el caso de China, que reúne en sí lo peor -comunismo político y capitalismo económico-, no son Estados los que compiten económicamente sino las empresas. Al menos esa es la sensación que tengo.

Un saludo

Non Sola Scripta dijo...

Bah, en mi blog no hay más que unos cuantos apuntes personales y alguna reflexión acerca de las cuestiones que, personal y profesionalmente, me interesan.

Excelente comentario, eso sí, este tuyo. Quizá te extrañe si digo que estoy casi del todo de acuerdo. Pero no voy a ahondar ahora en eso (aunque ese casi abriría, seguro, un denso debate), voy a ahondar en la cuestión de cuán bien visto está el socialismo o el liberalismo. Aparte de la intelectualidad, de la que, como te dije, sí la percibo anti-capitalista, quizá tengas razón al afirmar que el liberalismo comienza a estar bien visto. Yo tengo, en mi blog, enlazado algún blog de liberales irrestrictos -liberalismo hard-core, se hace anunciar alguno- .

Sobre la teoría de Steingart, me parece muy coherente(yo no he hablado del fenómeno de la deslocalización, él sí lo hace en su libro). Y muy extraño que el libro haya sido un best-seller. Al final, lo bueno triunfa.

Bonorum dijo...

Sebas, entiendo perfectamente a NSS y deberías mirarte esa manía clasificatoria.

Cuando leo (o escucho) este tipo de discusiones nominalistas siempre recuerdo la última frase del Nombre de la Rosa, de Umberto Eco: "Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus" y por arrimar el ascua a mi sardina, también las teorias del labelling, del etiquetamiento pà que nos entendamos (y va con cierta intención).

Es el problema de las abstracciones, de los "flatus vocis" que sólo existen en el campo intelectual pero no en la realidad.

Lo importante es todo lo demás; unas disertaciones muy instructivas las de ambos. Siempre aprendo algo en tu blog. Gracias

Javier dijo...

Estimado Dick Turpin, encantado con que uses mi breve comentario en esta entrada. Saludos

Dick Turpin dijo...

Bueno, me rindo, si ya lo dice Bonorum, será verdad que abuso de las labels. Sea dicho en mi descargo que ningún ánimo descalificatorio había en mi apreciación, sino más bien un ánimo tipificador e identificador de un razonamiento que apela al poder armonizador de la mano invisible o a la sabiduría de la espontaneidad mercantil. Pero bien es cierto que NSS aseguraba después ser partidario de una salud y una educación públicas y de calidad, lo que efectivamente lo aleja de la órbita liberal.