lunes, 28 de septiembre de 2009

El coste de un voto

Decía en el post anterior que los resultados obtenidos por Die Linke y Los Verdes reflejan a mi juicio una esperanza democrática. Me explico ahora con mayor detalle.

Casi todos los análisis electorales responden al principio individualista e idealista de la libertad indeterminada y abstracta, ese mismo que funciona para explicar (malamente) las reglas del mercado. Aplicando tal axioma resulta que los partidos son productos netamente diferenciados y el votante un consumidor libre al tanto de todos los pormenores programáticos. Según tales premisas, todas las agrupaciones parten con las mismas oportunidades y las votaciones son, por tanto, expresión de decisiones puras y libres. Las cosas, sin embargo, son bien diferentes, ya que tanto los partidos como los electores se encuentran estructuralmente mediados por la realidad en la que operan. Así, las formaciones políticas cuentan con apoyos mediáticos diferentes y los que gozan ya del poder gubernamental, por escaso que sea, tienen a su favor redes clientelares e infraestructura institucional que condicionan las decisiones de voto. A todo ello debe sumarse la tramposa aritmética electoral, que posibilita, por ejemplo, que la CDU tenga menor porcentaje de votos pero mayor número de escaños que en los últimos comicios.

Pues bien, dadas estas circunstancias materiales de partida, obtener un voto y lograr un escaño de una formación minoritaria opuesta con claridad al actual modelo socioeconómico requiere mayor esfuerzo que conseguir votos y escaños de color socialdemócrata y democristiano. Por eso el 12% de Die Linke supone toda una esperanza, al igual que el casi 20% que suman en Portugal el Bloco y el Partido Comunista junto a Los Verdes. Una esperanza que, valga la paradoja, los primeros en poder dilapidar son los mismos miembros de estos partidos de la izquierda real.
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¿Por qué afirmo esto? Pues por la tendencia casi inexorable de los miembros de dicha izquierda a enamorarse de sus convicciones y despreciar las constricciones materiales de su actuación. El dogmatismo casi religioso de, por ejemplo, los todavía comunistas, además de abocarlos al más ridículo y torpe cainismo, los hace aparecer no ya como desfasados y anacrónicos, sino como peligrosos en la medida en que portan el virus totalitario. Para conservar y acrecer estos exitosos resultados (piensen en un parlamento español con cuarenta diputados de IU y treinta ecologistas) hace falta saber en qué terreno se está jugando: en una sociedad mediática y mercantil, que hace intangibles determinados privilegios adquiridos, pero también en una sociedad que se quiere justa y democrática. Combatir a la primera con tino y estrategia invocando como señas de identidad los principios de la segunda puede ser el mejor camino para seguir creciendo. Ojalá que lo logren y nos contagien en algo.

2 comentarios:

Mar Fernández dijo...

Hombre, esque trabajo delante de un ordenador, y teniendo en cuenta lo que gano, lo mejor que puedo hacer es aprovechar el tiempo leyendo cosas interesantes por ahi.

Dick Turpin dijo...

Pero si yo estoy encantado con que me leas (y con leerte)! Ya ves, hoy he andado de gran desahogo, pues lo merecían las elecciones. Un abrazo