jueves, 22 de mayo de 2008

Un gobierno tecnócrata

En sentido estricto, la tecnocracia fue un movimiento político teórico-práctico surgido en los Estados Unidos durante los años veinte y treinta del pasado siglo. Su emergencia quizá la propició el ambiente intelectual creado por el pragmatismo de William James y John Dewey y por el institucionismo económico de Thorstein Veblen, él mismo promotor directo de la corriente tecnocrática. Se coaguló en torno a Howard Scott y estuvo conformada por un grupo de matemáticos, físicos e ingenieros cuyo propósito fundamental era la planificación por parte de un gobierno de técnicos de la producción económica y la distribución de recursos.

Como ocurre tantas otras veces en la historia política, el concepto de tecnocracia ha permanecido en su significante invirtiéndose su significado. En España, al menos desde las décadas del 'desarrollismo' franquista, el vocablo tecnocracia pasó a designar una forma de gobierno que da por fenecidas las ideologías y se limita a tomar las decisiones técnicamente adecuadas a las sucesivas coyunturas.

La mutación ha sido clara: mientras que los primeros tecnócratas querían planificar la economía capitalista mediante procedimientos técnicos, los segundos la asumen como una fatalidad inalterable a la que deben ajustarse lo mejor posible las resoluciones políticas. El papel de la técnica no es más sustituir a la economía para desencadenar al hombre del proceso productivo, como ingenuamente postulaban sus primeros impulsores, sino afinar las decisiones burocráticas con el fin de lubricarlo.

Pues bien, la tecnocracia en su última acepción ha desembarcado en el nuevo gobierno, y parece estar inspirando decisiones y nombramientos fundamentales. Ya mencioné en alguna ocasión el caso de Cristina Garmendia, empresaria destacada del negocio de las patentes en biología molecular, sin militancia política de ningún tipo y en cuyo rostro, además de entreverse los rasgos habituales del pijerío, no parecen haber dejado demasiada huella las horas de estudio e investigación. En sus manos ha quedado no sólo la Investigación, sino la dirección de toda la Universidad. Me pregunto qué intereses o proyectos puede auspiciar esta señora en ciencias sociales, me pregunto por qué Zapatero ha pasado de confiar en Emilio Lledó a poner en manos de estos empresarios la gestión pública.

Otro ejemplo reciente es el cese de José Álvarez Junco en la dirección del Centro de Estudios Políticos y su sustitución por Paloma Biglilio Campos. El primero, historiador social y de la cultura que en su última obra desentraña con bastante acierto el grado de artificialidad e historicidad del mito de la nación española. La segunda, técnica del derecho constitucional experta en los engranajes del procedimiento legislativo y la publicación de las normas. No he consultado su tesis doctoral sobre el socialismo y la reforma agraria, pero seguramente podamos encontrar en ella algunas sorpresas. El caso es que, en el lugar de un impulso humanista y crítico, se coloca un enfoque dogmático desideologizado.

Ayer hablaba con IM, un compañero de Madrid que trabaja como Técnico de la Administración Civil del Estado en el Ministerio de Administraciones Públicas. Como dato de interés, os puedo confesar que es votante algo fervoroso del PSOE. Podeis así imaginar qué poca parcialidad había en sus lamentos por el aterrizaje en el citado ministerio de Elena Salgado, señora que por lo visto se jacta de su visión tecnocrática de la política. Entre sus primeras decisiones figura el cese del jefe de mi colega, quien estaba desarrollando un mapa sociológico de los altos cargos de la Administración. Según me hacía saber IM, una de las primeras conclusiones que arrojaba este banco de datos era la procedencia castellana de casi todo nuestra nobleza de Estado. En lugar de burócratas con veleidades sociológicas, me decía que ha plagado las dependencias ministeriales no sólo de tecnócratas, sino ¡incluso de opusinos!

Si algo de criterio les queda, imagino que quienes abandonando su militancia habitual hicieron causa común con el PSOE para frenar a nuestra derecha cavernícola se encontrarán cuanto menos decepcionados.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Sebas, Desconocía lo del cese de Álvarez Junco! Qué sorpresa! Y nosotros que tanto habíamos hablado de su nombramiento al frente del CEPC como prueba de las diferencias entre izquierda y derecha! Desgraciadamente la denuncia que haces de esta tendencia a la tecnocracia, por cierto probadísima a nivel local y autonómico, es totalmente acertada. Triste triste... Una abraçada. A.

Anónimo dijo...

!Qué han despedido a Junco! !Qué mundo de locos! Si Franco levantara la cabeza.

Crates de Tebas dijo...

Vaya, este post me toca de cerca. Yo también soy, al igual que IM, Técnico de la Administración Civil del Estado.

El nuevo gobierno formado por Zapatero responde, en mi opinión, a un claro perfil de tecnocracia social-liberal, es decir: neoliberalismo + correción política. Dicho con otras palabras: somos tan pluralistas y dialogantes y modernos que podemos discutir sobre cualquier tema, con la condición de que no se hable de economía.

Como colaborador de "expertos" en materias como las relaciones internacionales o la cooperación internacional, lo único que puedo decir es que me entristece, me escuece e incluso me irrita la estrechez mental de todos aquellos formados bajo las recetas tecnocráticas (léase el 99% de los que pertenecen al mundo diplomático, en sus distintas vertientes: política, jurídica, económica, cooperativa y, por último, medioambiental).

Al igual que en los discretos libritos de Stiglitz, todos parten de la premisa -claramente utópica- de que el neoliberalismo no es el todo diabólico que presenta la crítica radical. Por el contrario, es un marco amplísimo y con muchos grados que, si se regula y controla, puede llevarnos al sueño de acabar con la pobreza en todos los rincones del mundo.

Todo este discurso mesiánico y de pizarra, como es lógico, ignora por completo cualquier marco filosófico-sociológico-conceptual que se sitúe más allá de sus propios dogmas; desdeña con arrogancia infinita a los que señalamos la perversidad de algunos de sus fundamentos teóricos; niega el valor de las ideologías e incluso, en el colmo de la prepotencia, las denuncia como frenos reaccionarios a las políticas progresistas del libre mercado.

A todo eso añadámosle una jerga absurda y completamente repugnante que, cuando es leída en voz alta y tono surrealista, pone en evidencia el perfil grotesto, robótico, distópico y perversamente ingenuo que mueve la gran maquinaria tecnocrática.

PD: De Álvarez Junco leí "Mater Dolorosa" y me pareció excelente. No sé si es el libro al que te refieres en el post.

Anónimo dijo...

No les queda criterio, todos están bien instalados, y unos por lo de la SGAE y otros porque olvidaron hace ya bastante tiempo su ideologia(si es que alguna vez la tuvieron)todos estan encantados con Zapatero. Mi opinión es que en politica, al igual que en otros sectores de la sociedad, nada más que hay mediocres, lo mismo que segun el informe pisa estamos fatal a nivel educativo, pues igual de fatal estamos en todo. O usted cree que Zapatero o Rajoy son lideres solidos y que arrastren masas?, solo hay que escuchar hablar a Zapatero....frases cortitas de todo, tanto de espacio como de contenido, no vaya a ser que las nuevas hornadas salidas de la ESo no lo entiendan. Los investigadores hace tiempo que se fueron a otros lugares donde se les valora y se les ayuda y los que han quedado disfrutaran, me imagino del ostracismo. Un reflejo de a los niveles que estamos llegando de pais descerebrado y hortero, lo tiene en el espectaculo del chiquilicuatre o como se escriba.
Siento ser tan pesimista.....

Dick Turpin dijo...

Es un honor recibir vuestros comentarios.
Acabo de leer una reseña de Fernando Savater a un nuevo libro de Natalino Irti sobre el pragmatismo tecnocrático y el fin de las ideologías. El problema es que, aunque se levante acta de defunción de los proyectos políticos, la realidad en su dimensión colectiva no es más que una concurrencia agónica de tales proyectos, estabilizada en los tiempos en los que uno de ellos logra dominar hegemónicamente a los demás.

En una palabra: por mucha tecnocracia desideologizada que se proclame, la técnica no es un instrumento neutro, y quienes representan el acto del gobierno como un ejercicio de cálculo, sencillamente tratan de revestir de objetividad inapelable lo que en sustancia es discutible y transformable.