viernes, 30 de mayo de 2008

Una generación que nace muerta

Entre los hallazgos que más agradezco a mis años de doctorando recién terminados figuran los textos de Francisco Ayala, mas no sus ficciones literarias, sino sus reflexiones sociológicas y jurídico-políticas. De su lectura, y no de la consulta del endeble Esquema de la crisis de Ortega, procede mi inclinación por atribuir un papel relevante al factor generacional en el trascurso histórico. Cierto es que tenían entonces, tanto Ortega como Ayala, buenas razones para considerar que cada generación vive una experiencia histórica singular y modela su tiempo a semejanza suya. Otra impresión provoca, en cambio, la arraigada creencia en la fatalidad social, en el carácter inalterable de los signos principales de la sociedad política. Hoy parece, en efecto, que, salvo pasadas desviaciones transitorias dignas de olvidar, la experiencia de nuestros antepasados, la nuestra y la de nuestros sucesores ha sido, es y será idéntica. Como es bien sabido, esto no fue siempre así.
"La primera vez que vi a Villorrio fue en la Universidad Autónoma de México, en la entrega de unos premios. Él había obtenido el segundo premio de cuento y yo el tercero de poesía. Villorrio tenía diecisiete o dieciocho años y yo tres más. Mis recuerdos de aquel día son más bien brumosos. Recuerdo a un adolescene muy alto y entusiasta. En mi memoria lo veo con barba, conversando conmigo durante unos minutos, sin estudiarnos, sin pensar en nuestro futuro, un futuro que comenzaba a abrirse para ambos pero no como telón ni como visión instantánea, sino como puerta metálica de garaje que se abre con estrépito, sin limpieza ni armonía. Eso era lo que había. Eso era lo que nos había tocado".
Así rememoraba Roberto Bolaño, en una deliciosa colección de reseñas, su primer encuentro con Juan Villorrio. Ese chirriar del garaje abrió de forma abrupta las verjas de la historia a multitud de jóvenes saturados de literatura, perseguidores de la belleza, embriagados de teoría y custodios vehementes de la ética. La mayoría de ellos trocaron posición y poder por servidumbre y realismo. Suele ser patético leer cómo se retractan hoy, reputándose retrospectivamente de peligrosos soñadores integristas desde una especie de promontorio no menos integrista: aquel que identifica la rectificación con la revelación, la experiencia con la prudencia y la objetividad. Unos pocos, sin embargo, han continuado insobornables y auténticos hasta el día de hoy, pagando por ello el alto precio de la marginación.
Recuerdo a este respecto el día del debate sobre el Estatut de Cataluña. Lo que más me llamó la atención de las sucesivas alocuciones de Manuela de Madre, Rubalcaba y un largo etc. es que todos ellos, según decían, habían sido parlamentarios en la Asamblea Constituyente de 1978 y en la Cámara que muy pocos años después aprobaría el primer Estatut (si descontamos, claro, el promulgado bajo la II República). Prueba bien palpable, como pude verse, de que llevan treinta años en los centros neurálgicos del poder.
Comparto contigo, estimado lector, estas apreciaciones porque contemplo con cierta desdicha la disposición anímica de mis correligionarios de generación. Un compañero periodista, que marchó de Euskadi a El Salvador para encontrar la fortuna, me escribía hace un par de días transmitiéndome cierta desazón por el paso del tiempo, por la agobiante constancia de su fugacidad, por lo irrecuperable de lo acontecido. La verdad es que simpaticé rápidamente con esa impotencia frente a los días agolpados y la celeridad irrestañable de las semanas y los meses. No partipaba, empero, de esa nostalgia por un pasado idílico desgraciadamente concluido.
Esa misma noche (¿o quizá fue al día siguiente?) vinieron a casa a cenar íntimos amigos. La conversación discurrió casi en exclusiva por nuestras hazañas pasadas. Lo curioso es que éstas no consistían en descubrimientos épicos, en encuentros sentimentales inolvidables, en hallazgos literarios o musicales. No, ni mucho menos. Nuestros logros pasados -y conjugo la primera persona del plural porque me incluyo por completo- fueron mucho más pedestres, estuvieron regados de alcohol, plagados de risas y heridos ya por el egoísmo, la incultura y el provincianismo mental.
No es que deje de existir un momento de verdad en la añoranza de aquel estado en el cual, aparentemente, la distancia que nos separaba de las pasiones era mínima. El problema es que pasados los años no se perciba que, tras la presunta fusión con la naturaleza, operaba con vigor el dominio. El expolio intelectual a que fuimos sometidos, el aletargamiento espiritual y el esquematismo brutal en que se estaba constituyendo sociológicamente mi generación, no permiten equiparar ese hedonismo superficial con un vitalismo epicúreo y terrenal, con una pasión consciente y reflexiva. Por eso, tras las lamentaciones de quienes aborrecen la responsabilidad y extrañan la levedad existencial de la despreocupación más exterior, no puedo dejar de oír los sollozos del esclavo por la desaparición de su amo.
Especie de cuña indecisa entre dos cosmovisiones, mi generación habrá de decidir muy pronto si seguir los patrones establecidos por quienes comenzaron a mandar hace treinta años, y todavía lo hacen, si tomar el testigo de los auténticos y decadentes, si aspirar a dar de sí misma algo nuevo, o si aguardar a que la desbanque la que viene detrás empujando, en la que ya eclosionará toda la irracionalidad contenida en esta sociedad inquina y alienante.
Por ahora parece que tendremos todavía algún lustro de comodidad acolchada entre dos mundos opuestos. El primero lo encarnaba el otro día un excelente profesor, a quien conocí esta semana y que es a la sazón un auténtico experto en Michel Foucault. Me refiero al modo en que describía su estreno en los cincuenta, como la llegada a un remanso pacífico donde la cabeza añade claridad a la consistencia y donde el tiempo es dosificado con arte e inteligencia. El otro mundo, el que viene detrás, lo encuentro en mis estudiantes, en sus deshilvanados comentarios de texto sobre un discurso de un famoso liberal conservador del siglo XIX. Prácticamente todos concuerdan con Joaquín F. Pacheco en que, en la sociedad política, unos, los más dotados, han nacido para ordenar, y pueden legítimamente hacerlo, y otros, los menos capaces, están abocados a obedecer.
Y ese es el problema: que probablemente quienes vienen detrás no lleguen a empujar nunca y, al igual que con la historia, haya que levantar el acta de defunción de las generaciones. Para eso, además, están montando todo el Plan Bolonia, para educar en el liderazgo, o sea, para enseñar a obedecer al líder...

4 comentarios:

Crates de Tebas dijo...

Qué bien escribes, cacho cabrón. He disfrutado mucho leyendo este texto tan -digámoslo claramente- pesimista y deprimente. Sin duda veo una gran influencia frankfurtiana en tu espíritu de fin de generación ("...o si aguardar a que la desbanque la (generación) que viene detrás empujando, en la que ya eclosionará toda la irracionalidad contenida en esta sociedad inquina y alienante").

Comprendo tu pesimismo, sin duda, y no puedo ocultar que encuentro razones para compartirlo. Mi principal causa de pesimismo se debe, como bien apuntas, a que en toda sociedad parece que hay una vanguardia que empuja e impulsa un nuevo orden, una nueva manera de hacer, de observar, de cuestionar, de romper. El problema es que, por primera vez después de muchas décadas, sentimos que la futura vanguardia ya no saldrá de las escuelas públicas, ni de los movimientos sociales, ni de las vanguardias artísticas, ni de nada que pueda impulsar un auténtico proyecto democrático (en el sentido amplio de la palabra).

Mucho me temo que nuestra futura elite saldrá de laboratorios tecnocráticos tipo Harvard, de escuelas privadas, de largas sesiones de estudio ante diapositivas powerpoint y de muy pocas vivencias regadas por el alcohol, el deseo de emancipación y, en definitiva, la vida, la puta vida.

Duarte dijo...

Presento una reflexión complementaria.

La experiencia generacional de la juventud contemporánea es, por antonomasia, una frivolidad festiva y el techo cae sobre la cabeza de los jóvenes sin a) entender lo que está pasando, b) conocer los mecanismos más elementales de enfrentamiento (una herencia posfranquista), c) interesarse siquiera. Las generalizaciones son necesarias para expresar tendencias. Sin ellas, no habría ciencias sociales: nuestras experiencias serían únicas e individuales (ideología). Otra cosa es plantear la realidad en términos holísticos y acabados. No, la Historia es un proceso. Hay determinación, pero sin positivismos. Y está clarísimo que nuestra generación -habría que preguntarse por sus límites como modalidad de análisis- no ha roto con ninguna de las relaciones heredadas: de clase o de poder (de las microfísicas a las instituciones). Ni siquiera estéticamente (la moda está dirigida y dirige). Es sólo la vuelta de tuerca de la mercantilización; más que una continuidad, una profundización. Para mí hay un ejemplo muy sintomático de esta incapacidad para matar al padre: el botellón como fenómeno peculiar ha sido dos cosas: un formato de ocio compartido experencialmente dentro de la mercantilización posfordista (si no hay consumo no hay ocio) pero, al mismo tiempo, un intento generacional de recuperación del espacio público sin, a priori, posibilidad de racionalización (entrópico, no regulado). Pues bien, no ha aguantado más de diez años; se ha desmoronado ante una modalidad de represión clásica. Y eso que lo que tenía de ruptura de la norma ni siquiera se salía de las coordenadas sistémicas. Que esta sea la experiencia de masa más creativa y genuina de los que tenemos hoy entre veinte y treinta años da que pensar.

Si la juventud apareció como categoría política de interés en los sesenta, podemos decir que hoy su vanguardia política está alineada con el Estado (cuadros de las juventudes partidarias), que ser rebelde es leer Libertad Digital o montar una empresa hightech a los veintipocos. El código del éxito social está interiorizado al punto de que las viejas generaciones no nos siguen el ritmo: la juventud es un fetiche que se estira con cosmética (ingeniería dermoestética) y se afronta con psicofármacos ("la crisis de los cuarenta"). Pues eso: educados en el liderazgo y en la dominación. Eso era y es, es verdad, el e.e.e.s. (plan Bolonia), pero también el tratado constitucional europeo, la ampliación de la jornada laboral a las 65 horas y otras cosas feas e inasibles.

¿Que hay gente que resiste y está dedicando su juventud a una lucha política no alineada? Cierto. ¿Que hay gente que puede hablar de una rica experiencia interior y expresividad artística desde su niñez? Claro. Aunque ambas cosas, tal y como han sido y están siendo vividas, merecen una crítica importante. Ambas, por su ghettismo, su desplazamiento, su incapacidad de penetrar en la masa, de conectar con la realidad real.

No estoy seguro de las consecuencias probables de este proceso de inmovilismo generacional, pero si la tendencia sigue siendo la misma, esto traerá cola.

Dick Turpin dijo...

Amigos, agradezco de veras vuestros comentarios. Dais un brillo a mi blog que me hace creer que sigue valiendo la pena continuar invirtiendo tiempo en él.
La semana pasada impartí unas clases sobre las teorías de la justicia de Adam Smith y David Hume y la verdad es que tomé alguna notas para un post. A ver si me dan tregua las ocupaciones para hacerlo.

Un saludo afectuoso
PS: Por cierto, Duarte, no sé muy bien cuál es tu blog personal, o es simplemente un nick para contribuir en diversos foros. De todas formas, le paso la dirección del foro a un colega de Sevilla interesado y comprometido activamente en este asunto.

Duarte dijo...

Estimado compañero:

Haces bien en continuar esta bitácora porque de la suma de bitácoras nace la solidaridad y, a veces, la organización: no sólo una forma de estar menos solos, que también, sino una propuesta. Se requiere hoy como nunca al intelectual comprometido, en su nuevo cuño, para que siga produciendo y de su producción nazcan los cambios.

Detrás de Duarte hay un solo individuo: militante comunista y estudiante de sociología, por citar dos categorías políticas que me identifican. Administro, además, el blog del foro por la memoria de Granada, adscrito a la federación estatal de foros por la memoria; te agradezco sinceramente que le des difusión. No tengo blog personal, pero Duarte contribuye con lo poco que sabe y puede por los rincones de la intrincada red...

Ánimo y avanti.